Eran las 3 de la mañana del viernes 23 de mayo de 2003. Desperté con unos quejidos de Adri, desde su cama en el sanatorio. Nos habíamos internado el jueves a las 6 de la tarde y nos preparamos para el parto pactado a las 7 de la mañana.
Estábamos expectantes de lo que ocurriría en las siguientes horas, que sabíamos serían transcendentales en nuestras vidas. La instrucción que yo tenía era controlar la duración y el espaciado de las contracciones, que son muy intensas, se calman, para despues, otra vez, volver con fuerza. Empezaron las contracciones que ya eran claras: el parto estaba cerca. Con frecuencia de 5 minutos, a la quinta contracción, llamamos a la enfermera. Ella nos sugirió que Adri se bañara para empezar a prepararnos.
A las 3 y media, nos dispusimos a tomar el baño. La rapidez de las contracciones, hizo que el baño sea más complicado de lo que esperábamos y después de unos 15 minutos, estaba más fresca continuando con los retorcijones.
A las 4, la enfermera dijo que era prudente empezar a poner el suero, cuando ya estaban todas las agujas listas para ser puestas. El suero estaba ya pasaba por la sangre, mientras Adri hacía un esfuerzo enorme por no mover los caños recién puestos que tendían a moverse con tremendos dolores. Cada vez era menos el tiempo que tardaban en llegar las contracciones, y a las 4:20, violando el pedido de la enfermera de no llamar todavía a nadie, hablamos con la mamá de Adri para que se preparen a salir, porque el parto se adelantaba una hora, según el doctor de guardia. Unos instantes después, el doctor de guardia hizo la medición de la dilatación, y su frase fue: “En una hora más o menos es el parto”. Ahora, el parto apuntaba a las 5:30.
Las expresiones del rostro de Adri eran cada vez más fuertes. Se ponía de costado para tratar de apaciguar los dolores, mientras practicábamos juntos los ejercicios de respiración recomendados por la enfermera. Nos mirábamos y respirábamos juntos. Tratábamos de agarrarnos fuerte el uno al otro. Estábamos sólo nosotros dos en la habitación 203, con miradas que van a quedar grabadas en mi retina.
4:40 a.m. La enfermera ya usó el dilatador, que hacía efecto media hora después, y ya habían llamado al doctor de cabecera para que se aliste a venir. Los gestos y los gritos de Adriana eran cada vez más desesperantes. “¿No puedo ponerme anestesia?” se entendía en medio de los gritos de Adriana. Los dos sabíamos que todo estaba muy cerca.
“Rolo, te juro que ya viene”, gemía Adri, cuando miro, y ya se veía que se empezaba a abrir y algo blanco aparecía. Esa contracción había terminado, lo blanco había desaparecido y yo me miré solo en la habitación. Corrí a llamar al doctor de guardia. “¡Doctor! ¡Ya nace, ya está por salir!”. Las enfermeras trajeron las sillas de ruedas como para ir yendo a sala de partos. El doctor ya estaba en la habitación. No había tiempo para traslados. Volvieron los gritos desesperados de Adri que se convirtieron en desgarrantes. Se volvió a ver que la abertura y aquello blanco volvían a crecer, los gritos a la par. Intensos. Fuertes. Doloridos. Después de un fuerte empujón, se dejó ver la cabeza del bebé, envuelta en una bolsa blanca. La cabeza estaba afuera. Terminó la contracción. El doctor rompió la bolsa, metió la mano y lo tomó de la cabeza. Volvieron la siguiente contracción y los gritos. Después de los gritos más ensordecedores, con una rapidez extraordinaria, el cuerpo del bebé estaba afuera y enterito.
Le vi a Facundo, todo azul, Adri y yo nos cruzamos con las miradas. Nuestros ojos rojos de la conmoción, se cruzaron durante dos segundos que parecen eternos, volví al doctor, pedía tijeras y una “perita”. Todos los instrumentos de la sala de parto venía a la pieza. Mientras el médico hacía una rápida verificación, con el bebé en las piernas de Adri, la perita llegó, empezaron la respiración y el llanto de Facundo. Le siguió el corte del cordón, levanté la vista y ya había tres personas más del Sanatorio en la pieza. Todas parecían enfermeras. Una de ellas llegó con una tela verde enorme al que le llamaban “esterilizada”. Facundo se fue envuelto con una de ellas a la sala de Neonatología. Corrí al teléfono, llamé a las abuelas, envuelto en llanto, para avisarles que Facundo ya estaba con nosotros. Corté y miré el reloj. 4:55. Facundo nació a las 4:50.
Volví a la sala, Adri estaba con las enfermeras que sacaban la placenta. Fue en ese instante que en medio de la alegría y la emoción, con la llegada del doctor de cabecera, nos dimos cuenta que estábamos en la misma habitación: No alcanzamos a ir a la sala de partos, el dilatador todavía no hizo efecto, las ventanas y la puerta abiertas, las sábanas y el cuerpo de Adri llenos de sangre y ninguna anestesia utilizada. Un parto “Al natural”.
Ya unos minutos después, Adri fue al quirófano, donde los médicos le hicieron tres puntos chiquitos. Ella levantó la vista, todos los médicos y enfermeros estaban de verde, con súper máscaras blancas, un foco enorme y todo ordenado a su alrededor. Empezábamos a comprender el entorno de todo lo que había ocurrido.
Después de abrazar a mi familia y a la de Adri, rememorando toda la historia frente a la sala de neonatología, donde un vidrio nos separaba de Facundo que estaba ya con color normal, vestido de amarillo y la frente arrugada, empezaban las historias contadas por las enfermeras y el doctor, destacando la emocionante fortaleza y valentía de Adri que salía del quirófano con una sonrisa de oreja a oreja para ver mejor a ese mágico fruto de su vientre.
Todo el día fue una fiesta dentro del sanatorio, en todos los pisos me decían “¡Felicidades Papá! ¡Escuchamos toda la fiesta!”. Y conste que estábamos en el segundo piso.
Con la emoción de estar rodeados de toda la gente que se acercó al sanatorio y llamó por teléfono, que nos alcanzó su saludo para compartir esos momentos en los que se tienen tantas ganas de compartir la alegría inmensa de ver nacer un hijo.
Un retazo de nosotros llegó al mundo. Por ahora sólo duerme y mama. Nos queda toda una vida por compartir con él, y evocando el abrazo tan fuerte que nos dimos con Adri al salir del quirófano, en las que nuestras manos apretaban con una fuerza maravillosa, queremos compartir con ustedes las imágenes que nos van a quedar por toda la vida, del nacimiento de Facundo, “El ángel del comienzo”.
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la 203, vestido de amarillo… ya se estaba borrando de mi memoria… gracias por ponerlo en papel!