El semáforo

Viernes, 10 agosto 2007 | 0 comentarios

Cambió a rojo. “¿Me da tiempo para sacar los guantes de la mochila?, hace frío”. Miro el retrovisor, no tenía ningún colectivo que me apure. Mientras me terminaba de quedar quieto, vuelvo a mirarlo. Rojo intenso.

“¿Notené monea?” escuché a mi derecha. Mientras balanceaba la cabeza para la negación, me ví obligado a bajar la mirada. No alcanzaba tres años. Ni dos. Siguió su camino, atrás mío. Vuelvo a mirarlo. Rojo pleno.

Apoyados en él, tres chicos, mayores al primero, jugaban a colgarse y girar disfrutando la siesta descalzos y en short.

Nada es sensato. Ni liberarme de la responsabilidad pasándosela al gobierno, ni poner sobre mis hombros todo el peso de sus ratos por la ciudad. Estoy convencido. Aunque quisiera, no podría evitar mezclen sus roles: jugar, sufrir, mendigar.

Son nativos que decidieron venir a mostrarnos su modo de vida armando sus provisorias casas en plena plaza uruguaya, a ojos nuestros y mostrarnos sus carencias.

¿Da lo mismo que estén acá o en sus tierras?

Estoy seguro que ningún ser humano nace con la mendicidad como recurso primario para la alimentación. Ni los chicos, ni los grandes.

Pero una plaza capitalina no es su hábitat. Están cambiando su modo de vivir a cambio de reclamar un espacio. ¿Tendrán la capacidad de retomar sus actividades de campo después de un año mendigando en la ciudad?

Exponen sus dificultades a nuestros ojos y nos están gritando fuerte. Cierto, no somos los responsables de concederles (o no) sus pedidos. Pero sí podemos gritar con ellos, a los que puedan hacer algo. Por ellos y por nosotros.

El semáforo cambió a verde y arranqué la moto, decidí no ponerme los guantes. No hace tanto frío.

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