Una luciérnaga, llamada Lucía, que disfrutaba el volar como nadie más, era la que hacía reír a sus amigos. En sus recorridas de todas las noches, se encargaba de ir a saludar a sus amigos.
Uno de sus amigos, de los que más apreciaba, era Filiberto, el Foco. Él vive en la sala de una casa, donde es el testigo oculto de las noches en familia.
Lucía, venía todas las noches a saludar a Filiberto. Él siempre le decía a Lucía “Mirá qué linda la familia reunida en la sala! Todos están contentos! Y yo, desde acá, ilumino esa alegría. Cómo no ser feliz? Es el regalo más grande que conocí en la vida! Pudo haberme tocado iluminar un gallinero, un taller de autos o un depósito del fondo… y me tocó la sala! Fui hecho para iluminar, y qué más emocionante que iluminar la sala!”
Por eso, a Lucía le gustaba hablar con Filiberto. Él siempre quería algo más, y estaba dispuesto a dar todo de sí para que todos estén felices. Siempre Filiberto le hablaba de las cosas que nos hacen felices y nos dan bienestar, impulsando a Lucía a buscar siempre el camino a su felicidad.
Pero un día, en una de sus recorridas, la luciérnaga notó triste a su amigo foco. Ella le preguntó qué le pasaba. Él no supo explicar. Simplemente dijo “No me siento muy bien. Tengo todo y me siento solo.”
Lucía pensó que era la mejor oportunidad que había tenido, para hacer algo por ese amigo que siempre le mostró el lado alegre de la vida. Llamó a otros compañeros, les contó su plan y fueron todos juntos a saludar a Filiberto.
Él les volvió a saludar triste, y Lucía le contó que quería ayudarle. Estaba decidida a mostrarle todo lo que había afuera, que finalmente, le mostraría la libertad y que ella le haría verdaderamente libre: le sacaría de ese encierro y junto con el colibrí volarían por la ciudad, mirando las personas, las luces, los autos, la quietud y las avenidas, las personas caminando, los chicos en el parque… tantas cosas que podía hacer fuera de la casa!
Filiberto, quedó muy curioso por saber qué era lo que había afuera, y se convenció que finalmente, iba a ser libre y aceptó.
Las moscas y los mosquitos lo ayudaron a desenroscar del portafocos. Y ocurrió algo que no habían pensado: Filiberto dejó de tener luz. Al desenroscarse se apagó. Y pensó “Es el precio de la felicidad”. Se montó sobre las espaldas del colibrí y se dispuso a recorrer la ciudad.
Sintió la brisa del vuelo y suspiró profundo. Iba a empezar su recorrido, a oscuras. Y empezó a descubrir que habían personas, muchas personas en la ciudad, tantas cosas iluminadas, todos necesitaban las luces. Había luces en las plazas, en la calle, en la vereda, la tenían los autos, hasta habían personas que tenían unas pequeñas luces.
Empezó a sentirse feliz, pero una carencia terrible se había adueñado de él. Filiberto no tenía luz. No daba luz. No iluminaba a nadie. Él estaba libre, pero no era feliz. Fueron a cenar a una plaza, y en la ronda mientras comían, confesó su pesar a sus amigos.
“Amigos, ya me siento bien. Estoy muy contento de haber conocido este espacio gracias a ustedes. Pero no estoy completo. Extraño a mi sala, a mi familia. Podrían llevarme de vuelta a mi sala?” dijo el foco.
Lucia y sus amigos, vieron cómo Filiberto estaba realmente feliz, y emprendieron el regreso hasta su casa.
Lo volvieron a enroscar al portafocos, y en Filiberto terminó de dibujarse la sonrisa de felicidad que lo caracterizaba: se prendió y nuevamente daba luz. Se despidió muy contento de cada uno de ellos con un abrazo, agradeciéndoles el gesto de haberle mostrado el camino a su libertad.
Al despedirse de Lucía le confesó: “Vos me mostraste el camino a mi libertad. Mi libertad está en esta sala. Soy libre acá y no afuera. Soy feliz dando luz. Cada uno de nosotros tiene formas diferentes de ser libre, y yo lo soy acá. Pero sin vos, no lo hubiese notado nunca.Vos sos feliz con la calle, las personas, la plaza”.
“Yo lo disfruté y mucho, pero mi felicidad de verdad, cumpliendo la función para lo que fui hecho está acá, en esta sala, dando mi luz para esta familia que me espera. Nací para estar aquí. Y no lo hubiese podido notar, si vos no me llevabas a conocer tu mundo.”
La búsqueda de la felicidad hace que, aunque nuestro camino sea el incorrecto, apunte de todas formas ahí, adonde queremos llegar. En ocasiones podemos buscar la libertad en cosas para las que verdaderamente no estamos hechos, pero la verdadera felicidad se ve, y nos mantiene con la luz siempre encendida.
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