La ventana del segundo piso llamó la atención de mis ojos. Sin que lo percibiera yo, mi nariz estiró a mis ojos hacia abajo. Las estaba cargando en las redes, agrupándolas sobre la vereda, sacándolas de la bolsa grande.
Eran esas que me gustan de verdad, las originales, las que se arrancan de la planta del patio trasero. Volví a percibir su olor. El vendedor pareció sentir mi mirada tan profunda sobre sus manos, como queriendo meter mi nariz en la bolsa más grande.
De abajo de mi ombligo, como una ráfaga nació un torrente de sangre que subió hasta mi pecho, y generó que mi garganta emitiera un grito. No atiné a mirar a mi alrededor, solo dije “¡Mandarina!” asomando mi cabeza por la ventana del colectivo.
Ese grito retumbó en mis oídos, pero seguía conmovido por el reflejo del vendedor, que como una ráfaga tomó una de las bolsitas y corrió hacia mí. Olvidé el detalle de que yo tenga algún billete en mi bolsillo, simplemente metí la mano y encontré cinco mil.
Buscando reducir el volumen del grito anterior, que ponía en elocuencia mi ansiedad por la bolsa, fui mucho más suave “¿Mboy pio?”, mientras extendía mi mano. “Cinco” me respondió a la par que tomó mi billete y me entregó el racimo de frutas.
Pasé la mirada al semáforo y pude ver su paso a verde. “Esta mandarina tenía que estar en mis manos”, me dije.
El colectivo se movió y no lo había percibido. Rasgué con mis uñas la cáscara de una de ellas, no podía esperar a olerlas. Mis orificios nasales competían con mis latidos en emoción.
La mañana pasó rápida, volví a oler mis manos y conservaban ese su olor. Miré a un costado del escritorio, y como sonriéndome con su color, les correspondí el gesto.
Estoy a punto de volver a la calle y guardar una en el bolso. Su perfume conquistó mi corazón hace mucho tiempo. Hoy la volví a encontrar y lo único que hizo hoy, es sacarme sonrisas, con la misma intensidad con la que la llamé cuando la vi.
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