Despues de una larga caminata a casa, saqué la llave del bolsillo, la introduje en el cerrojo y abri el portón. Algo en el ambiente delataba que no todo estaba bien. Cerré el portón. ¿Cómo pueden, a estas horas de la noche, estar mirando televisión con semejante volumen?, me pregunté.
Fui subiendo las escaleras y el ruido era cada vez mayor. Empezaba a percibir que era el llanto de un bebé. Mientras llegaba al último piso recordé que un bebé estaba en casa. Abrir la puerta de la casa fue como abrir las puertas al infierno. El ensordecedor llanto quemaba mis oídos. Acababa de entrar a una pieza llena de parlantes que se movían y tenían forma de gigantes. Sentía como si el grito era un alfiler que clavaba mi tímpano.
Entré hasta la pieza y ahí estaba. En la cama, acostado. La niñera le agarraba de los brazos, impotente. No podía entender cómo un ser humano podía soportar semejante escándalo sin razón alguna. ¡Un bebé llorando!
Las alternativas que tenía iban desde encerrarlo en el ropero, meterlo en un termo o envolverlo con todas las frazadas. ¡No podía estar haciéndome sufrir de ese modo! Me agarré de los pelos, me desaté la camisa de un tirón haciendo saltar los botones al unísono, exploté en un grito explosivo que ni aún así superaba el horroroso sonido que tal llanto generaba.
No aguanté, salí de mí mismo. Debía acallar ese sonido, no podía seguir escuchándolo. No soporté, agarré al bebé en mis brazos y lo miré fijamente a los ojos. Fue un instante de conexión y con él. Se mezclaron mis emociones, que como un torrente se volcaron en mi pecho. No pude dominar mi grito descontrolado. ¡Callate!.
Los vecinos, testigos de este infierno sonoro, me lo sacaron de entre mis manos, y me deshice de ese grito que en toda la noche no dejó de retumbar en mis oídos. Cuando enviudé, no sabía que esto sería así.
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