Víctimas de la clandestinidad, muy a pesar pesar mío, diez minutos fueron suficientes para calmar esa sed de carne que nos corroía.
Corrimos de forma que no sea tarde para ninguno de los dos. No tardamos con juegos previos. Lo único que tocaba eran tus nalgas, a las que mis manos se aferraban como si nunca más las vaya a tener conmigo. Era tu respiración la que exhalaba un grito desesperado por no parar. No era lo que precisamente buscaba. Y nos quedaban tres minutos más. La noción del tiempo desapareció por un instante, haciendo que nuestras lenguas se mojen como si mi pubis llamara al tuyo y transmitirle esa humedad que quería sentir.
No hubo necesidad de intercambio de pieles púbicas, dos espasmos anticiparon a un grito que indicaba el límite entre la exaltación y la paz. Ese último gemido era el que ambos buscábamos escuchar, mis manos no podían despegarse de tu carne, pero el reloj insistía en mostrarnos su fatídica vuelta, marcándonos el tiempo para abrazarnos, despedirnos de ese furtivo encuentro del que no podríamos habernos escapado.
Salimos, y el número catorce desde la puerta de la habitación, sonreía cómplice. Encubriendo lo que así quedaría en llamarse “Catorce, diez minutos”.
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