La figura de tu desnudez, de espaldas a mí, me llamó por debajo de las sábanas. Tibia, me sorprendía mostrándose en todo su esplendor, tímidamente.
La besé, descubriendo la diversidad de sabores que escondía, respondiéndome atrevida con temblores que me confirmaban que no estabas dormida.
A ratos, atajabas mi mano. Tus cosquillas te lo obligaban. La corriente eléctrica empezaba a sentirse en el intercambio de piel. Mis dedos hicieron cortocircuito bajando a tu cintura. Y ninguno de los dos pudo detener el shock.
Tu respiración que empieza a escucharse delata el ritmo de mis dedos que se entrecruzan. Tus manos detienen mis besos por encima del ombligo, que parecen mover tu cintura al compás del ritmo de tus pulmones, que aumentaba con pasividad e intensidad.
Esa misma energía azul que despedía rayos, se había apoderado ahora de mi pecho, con tu saliva como conductor, mateniendo la cadencia de Madredeus cantándonos al oído.
Como en un sueño, en esta nueva etapa de vida, donde la libertad es lo que prima, el sentirme cómodo sentándome a tomar un café con vos o acostándome a tu lado espiando tus contornos al natural, se convierten en los espacios donde la sangre fluye libre, de estar ahí, con o sin electricidad. Pero con vos.
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