Mucho me atajé.
Una mano agarraba a la otra para detenerla, y cuando la protectora también se sentía seducida, la otra volvía a proteger a toda la piel que al abrir mis ojos estaba a plena disposición de mis manos.
El sol matutino iluminaba tus contornos dibujando halos brillantes que hasta parecían elevarte, dejándote aureolas de ángel que aumentaban aún más la sensación de pureza que había llenado la pieza donde el silencio dejaba su aporte para acercarme a las nubes.
Y el deseo ya había apartado de tu piel el retazo de tela roja que velaba porque te conviertas en la antítesis de un querubín.
Tocarte era todo lo que quería. Toda la extensión de piel que se abría ante mis ojos me llamó a recorrerte. Era el color de la película protectora de tu cuerpo o el verte inmóvil e indefensa acostada al lado mío a plena disposición mía, lo que llamaba a mis manos a no
atajarse.
Sabía que no pudiste dormir en la noche y esa ternura que también reflejás al tener los ojos cerrados fue mucho más fuerte que el deseo que mi piel emanaba.
Pero tené cuidado, que no se cuánto tiempo más mi piel puede ceder en sus pretensiones.
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