La luz del día entraba por la ventana. Los cuerpos se abrazaron. Las pieles cubriéndose entre sí se esforzaban por encontrar un punto sin tapar. Apoyaron sus pechos. Sintieron los latidos del otro. Compenetrados, no dejaron de acariciarse. Se abrigaban. Las respiraciones se acompañaban. Las miradas conversan sonrientes. Los hombros tienen espasmos. Ahora son los cuerpos los que quieren hablar.
Con las mejillas acarició su ombligo. Se recostó en el medio de su pecho. Buscó alguna forma de quedarse adherido a ella. De un lado, del otro. Un cuello con el otro. Juegan a alcanzar sus mejillas. Ríen. Las almas ríen. Los poros disfrutan las caricias. Ella se sentó. Como si estuviese amoldada, él apoya su cabeza sobre el hombro de ella. Uno complemento del otro.
Las almas descubren que tienen sus cuerpos como único intrumento para abrazar a esa otra parte que no quiere dejar escapar. Y lo lograron. No se dejan ir. Completan la energía del otro.
Son dos almas. Cubiertas de dos cuerpos. Buscan convivir y comunicarse para así poder crear ese nuevo que camino que se les abre rumbo a la felicidad.
Sólo atinan a abrazarse, y no soltarse. El tiempo es sólo una limitación.
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