La noche se iluminó de un momento a otro. Había mucha gente. Mucha. Yo caminaba flotando. Sostenido por hombros. Hacía mucho calor. Me saqué la remera. Se mezclaban traspiraciones. Estaba solo. Más fuerte que nunca.
Las luces se apagaron. Un ansioso silencio se apoderó del lugar. Se murmuraba. Las estrellas brillaban intensamente. Nunca las había visto tan intensas. Me iluminaban a mí. Los rayos venían directo. Había una estrella en especial. Perdimos la noción de nuestra ubicación. Sólo sentíamos que nadie quedaba sentado en la carpa. Mi corazón latía rápido. Estaba espectante. Se presentía.
En la obscuridad, se prendieron encendedores. Muchos. Muchísimos. Algo se movía a tres metros. De hacia abajo, se prendían las luces muy lentamente. Él crecía. Brotaba de hacia abajo. No podía creer. Yo estaba ahí. Frente suyo. Empezó a emitir una voz. Con voz temblorosa cantó “Tendré los ojos muy lejos…”. Escuchaba su voz antes de que salga por los parlantes.
El tiempo que tardó esa frase en ganarse el aire ante esa cantidad de personas, fue clave. Algo pasó en mí. Sentí algo en mi pecho. Como que se abría, se desprendía. Una a una mis costillas se salieron. Empezaron a volar. Una parte de mí acababa de irse. No le ví irse. La sentí firmemente. Miré arriba. Mis lágrimas mojaban toda mi cara. La estrella creció. Su brillo cubrió todo el espacio. No podía dejar de llorar. Una conmocion se apoderó de mí. Perdí el control sobre mi cuerpo.
“… y un cigarrillo en la boca…” irrumpió ese momento. Emocionado por lo que tenía enfrente, seguí disfrutando de ese instante de éxtasis. No era el concierto. No era la Bombonera. Ni Charly, ni Nito. Ni Fito, la Negra, Gieco o Lebón. No era Buenos Aires.
Era yo. Me estaba yendo de un pedazo de mí. Una adolescencia que decidió morir y patalear. Hasta que escuchó “Un millón de manos que me aplauden”. Se despidió en un profundo llanto.
Era un hombre nuevo. Salí a la calle con actitud de adulto. No sentía el cansancio físico. Nada de lo que vería después sería igual. Aprendía a ser formal y cortés, un ocho de diciembre de dos mil.
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