Desenrrolló de su cuello su bufanda azul. Sintió un tirón bajo la manga, rozando los poros de su muñeca. Un brillo como de telaraña se deslizaba desde entre sus dedos. Miró con atención su mano y fijó su mirada en los pliegues de su dedo anular. Parecía volver a sentir la fricción de sus dedos, una noche antes. Una textura que acariciaba con lentitud su piel fruncida.
Se sorprendió de ver los ásperos surcos de su mano. Se sintió seco. Viejo tal vez. El viento frío le contaba que además, esa misma piel había cambiado de textura para soportar mejor la severidad a la que tal vez debía enfrentarse.
Levantó la vista. Percibió que todos a su alrededor lucían tristes, desganados. El paso lento, a contraviento, era un indicador más de la pesada siesta rumbo a algún lugar donde sacarse el saco.
Escuchó un acordeón que sonaba a lo lejos. Sentía el camino que el sonido tomaba, entrando por el medio de su cráneo, resquebrajando su pecho. Un dolor desconocido modificó su respiración. Sus ojos le ardían, brotaron gotas, que salían desde debajo de sus costillas, de adentro, muy adentro.
Movió su cabeza de un lado a otro, buscando sacudir lo que sentía. Detuvo su caminata. No pasó más de un minuto de haber querido acomodar su bufanda y haber sentido esa fricción en sus dedos.
El acordeón que sonaba venía de esos pliegues en su mano. Sus costillas se convirtieron en la cárcel de su pecho.
Se acarició con sus propios dedos. Un suave cosquilleo encontró la razón de aquel tirón bajo su manga. Su campera guardó una larga tira de cabello. Había aferrado una porción de ella a él. Ese pelo se convirtió en el empujón a una prisión que no conocía.
Retomó su lento caminar. Sintió que el frío y la música también afectaban las grietas de su pecho.
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uff, buenísimo kapelú.
¿desde su adentro pio?
que hermosísimo, nati