El paso de los días recrimina al bienestar el haberse ocultado, anestesiando la sangre, respondiendo inmutable incluso ante el paso de una carroza cargada de luz, convirtiéndose en un enajenamiento de nuestras emociones, entregándolas al viento para que vuelen sin querer volver.
Se transforma en un letargo que convierte el pesado sueño en insomnio insoportable, perenne.
El dolor y la alegría se paralizan, pasando por alto acontecimientos que con la mente lúcida se verían oxigenados, para dar espacio a altibajos que generan pieles erizadas, sin motivo aparente.
Los días, y su paso silencioso, juegan a alentarnos a salir. Y cuando vemos que las etapas van siendo superadas paulatinamente, asumiendo que el cloroformo es temporal, nos animamos a desprotegernos un poquito, para recibir una suave brisa que golpea nuestra cara como un disparo dentro de un huracán, empujándonos a las profundidades de las tinieblas en tan solo cuestión de segundos.
Descubrir la fragilidad en la que estamos inmersos, pone nuestra debilidad humana a la intemperie, entregándonos a creer ciegamente que en algún momento, una cuerda será la responsable de tirarnos para arriba, cerca, bien cerca del cielo.
No existe éter alrededor nuestro que nos aisle de respirar los olores que nuestra alma destila, que nos sirva de anestesia como creemos inocentemente. Nos vemos aniquilados con el producto de nuestra propia podredumbre. Nuestros espacios mágicos violados, descubiertos.
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no sé que palabras usar, simplemente me encanta! bello, bello, bello…