Huevos

Viernes, 31 julio 2009 | 1 comentarios

Agarró un huevo con cada mano. Los golpeó contra la plancha y como haciendo un chasquido, en simultáneo, cayeron las claras y yemas, una al lado de otra, intensificando el humo sobre el fuego. “Dos completo”, dijo en voz alta mi secuaz, con las manos en los bolsillos y los codos doblados, protegiéndose del frío. El lomitero no mostró señas de haberle escuchado. Nos alejamos para sentarnos en uno de los dos bancos de madera dispuestos en forma de ele, mirando al carrito. Desde nuestra nueva posición, vimos que los bigotes del cocinero giraron bruzcamente a la izquierda, apuntando a otros dos huevos más.

Disimulado, mi consorte acerca su cabeza a mi oído y me dice “Este señor, mínimo, hace treinta años que está acá. Desde que yo era pendejo me conoce él. Esta es la parada obligatoria después de la farra. Imaginate que con dieciseis yo ya andaba por acá, cuando empezaba con mis borracheras. No le entiendo nomás tan bien al señor cuando habla. Parece que su paladar se le va a caer y se le traba la lengua. No sabés las ganas que tiene de hablar”. A juzgar por la expresividad que demostró ante el pedido que hizo, no le creí demasiado.

Siguió el susurro, ya un poco más alejado de mi oído. “Yo no me había dado cuenta, hasta que la otra vez nomás me preguntó cuántos años yo tenía. Y entre comentario y comentario, aprovechó para contarme una de sus anécotas. Me confesó que antes del golpe, no le caía en gracia al comisario de la catorce porque no le gustaba la gente que se juntaba alrededor del carrito. Entonces hizo correr la voz de que él era repartidor de droga. Hasta que finalmente una noche le llevaron a la séptima”, me relataba mientras calentaba sus manos refregándolas en el jean y crecía el chirrido de la carne que se acababa de apoyar sobre el fuego de la hornalla. “Le amenazaron que le iban a llevar a la piecita del fondo y recién ahí él dio en la clave. Les avisó que él era amigo del comisario superior de policía, y por eso nomás se salvó”.

El lomitero entró a la piecita con cortina metálica, detrás del carrito, y sacó una bolsa de pan de uno de los estantes del fondo. La pared roja, oscurecida por la mezcla de grasa y hollín, escondía el único distintivo que se dejaba ver en el puesto: un póster de Olimpia gastado y perfectamente alineado. Yo seguía entretenido con el relato que me murmuraba. “Imaginate que una vez, eran las tres y yo era el único cliente. Llegó despacito un muchacho, un mendigo, con mirada sospechosa. Se acercó todo al carrito y le pidió un pedazo de pan al señor. El lomitero no dijo nada, se dio vuelta hacia el estante y el chico metió rapidísimo dos huevos en su bolsillo. El lomitero le miró, salió de atrás de la casilla y empezó a correr para seguirle al mita’i. Se fue hasta el semáforo acá a cinco cuadras. Dejó todo de balde su carrito. Yo nomás estaba”.

“¿Acá van a comer?” gritaron los bigotes y levantamos la cabeza simultáneamente para ir a agarrar la hamburguesa. La fusión de olores del tocino, carne y pan tostados llegó a mi panza con tal velocidad, que ni se detuvo en las fosas nasales. Prisa similar con la que el tiempo pasa ante nuestros ojos, sin siquiera percibir que hay personas que acompañan nuestra marcha, mostrándonos que están ahí, escondidos, con huevos suficientes para subsistir.

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