El día se acababa de esconder y yo me detenía a esperar en la cola del semáforo, con la mirada perdida en la fina llovizna de julio. Como de la nada se detiene en un brillo. Había fuego. Era un escarabajo. La parte de atrás. El motor. No tomaba noción de lo que pasaba hasta que escucho a una vendedora de frutas a mi izquierda que me mira y grita “¡E ayudami na nde rapicha pe mi hijo!”. Me miraba a mí. Decidí acudir a su llamado, con la misma responsabilidad que Mac Gyver asume las comprometidas aventuras que afronta.
Dejé mi auto lejos del escarabajo. Estaba seguro que el chofer no tenía extintor. Yo tampoco tengo. Vuelvo hacia el auto ardiendo. Para ese entonces ya había ocho tipos alrededor. Me paré en el medio de la calle y me convertí en un improvisado policía de tránsito. Era la primera forma que se me ocurrió de sentirme útil sin que quede en evidencia mi miedo al fuego, manteniendo mi imagen de tipo estoico, convirtiéndome así, a mi manera, en el ídolo de la serie televisiva.
No tardaron en acercarse a las llamas tres muchachones que traían con mucho esfuerzo, un feroz balde de agua, arrojándolo sin miedo alguno al fuego que acababa de iniciarse. Como si hubiesen tirado alcohol de quemar. El fuego estalló instantáneamente hacia arriba, escuchándose gritos y bocinazos. Había autos que osaban en no seguir mis instrucciones desde el medio de la calle, y se topaban con el fuego, entorpeciendo aún más el tránsito.
Frente mío, un muchacho corrió con un extintor en la mano. Se metió dentro del fuego, sin miedo alguno, entrando a la boca del lobo con toda la actitud de ganador. Por primera vez en el evento, veía alguien más astuto que yo. El polvo salía y el fuego se apagaba. Pero ya me parecía. El extintor era del tamaño de una Coca de medio. No alcanzó para apagar el voraz fuego del motor trasero.
Llegó la patrullera, le hice señas para que se quedara lejos del incendio y se bajaron los policías, plancheta en mano, listos para registrar el acontecimiento. En la otra esquina, detrás del humo de un carro de asadito, cuatro hombres venían con una bolsa de harina, que parecía tener arena adentro. Eran los que más intuición habían tenido hasta ese momento.
Hasta que vuelvo la mirada al escarabajo con fuego. Veía en cámara lenta, cómo las frutas se separaban de la canasta de la vendedora, para caer en el motor, en un intento espontáneo por calmar la intensidad del calor. No estaba entendiendo mucho lo que pasaba. Para confirmármelo, la misma señora tiraba otra partida de naranjas, piñas y bananas en medio del fuego. Me tomé de la cabeza y sentí los bocinazos. Retomé mi actividad sin el silbato oficial.
La bolsa de arena llegó. Se acercaron dos hombres más para buscar desarmar la bolsa y descargarla sobre el fuego. Y sucedió lo esperado. Así, entera, sin desatar y con todo el peso de una gigante mole de arena, entre ocho, hamacaron la bolsa y la tiraron, sin compasión, sobre el motor. El parachoques trasero tocó el pavimento. Era como si un gigante presionara con su dedo el motor del escarabajo, que gritó más por el golpe seco del impacto que por la quemazón que se ceñía sobre él.
Una última llama dio su alarido final, y los curiosos, incluidos los policías, explotaron en un aplauso de festejo. Se empujó el auto hasta un lugar donde no moleste, al lado de la parrilla con humo. Por supuesto, con la colaboración del despeinado agente de tránsito.
El tráfico se había normalizado. Tenía que ir a ver cómo quedó ese motor. El aroma de las brasas, mezclado con el del motor quemado, me sedujo a mirar los quince brochettes sobre la parrilla. Probablemente perdure por mucho tiempo en mi pantalla mental la imagen del motor con humo, cáscaras de banana, cabezas de piña y una bolsa de harina cubriéndola. Giro para buscar al dueño del escarabajo verde. Él había caído ante la tentación del irresistible asadito. Ya no tenía excusas y me acerqué, también yo, al carrito. Decepcionado, descubrí que ya no quedaba ningún palito.
Me gusta mucho imaginar cómo se darían los hechos, en otra ciudad del mundo, en circunstancias similares. Sé que Asunción tiene la cualidad de sorprenderme gratamente. Asumo que por eso me gusta tanto vivir en ella. Y por su bondad única de hacer que sus habitantes puedan sentirse con los poderes de Mac Gyver, a su estilo, con lo que saben o tienen en la mano, en cualquier evento imprevisto que aparezca en la ciudad. Porque para ser un súper héroe, basta con vender asadito.
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que grande rolo!
me senti una espectadora mas con tu relato…
y lo del asadito…ya me dio hambre…me voy a comer mi super milanesa luqueña que me espera en la heladera =)
un abrazo
ortiz
quiero un fakin asadaooo NOW!…tu culpa hina
Juancho querido; te repito lo que dije en el muro de algún lugar cibernético: "La vida puede ser un largo y monótono camino entre el nacer y morir, o volverse una obra de arte. De notros depende". Indudablemente, optaste por lo segundo. Fuerte abrazo
Agustín Núñez
que grande mc gaiverrrr.. como dirian los brasileiros.!
Bien nutrido tu relato, felicitaciones!
kapelú, ese tipo de experiencias solo en Asunción. El asadito también.
Eso tiene Asunción, para que buscar ficción si en una esquina con semáforo uno tiene un corto en vivo y en directo. Para alquilar balcón tu rol de zorro!!
Hijole Rolo! no dejas de sorprenderme vos..realmente es un orgullo tenerte como amigo..la baba se me cae! jaja..exitos excompa!!
pudiste contar que eran 15 los asaditos?! y contaste los minutos entre que los viste, miraste el motor y volviste la mirada… y ya no estaban ahí?! mmmmm No pensaste que todo eso fue montado por el dueño del escarabajo para distraerte y comer él solito los 15 asaditos?? Todo lo que se arma por un asadito!!
(o quince…)
Everything dynamic and very positively!
Have a nice day
Tania