Crucé la calle en diagonal, desde la vereda del Lido a la del Banco de la Nación Argentina. Un panzón con anteojos finitos apoyados sobre la punta de la nariz, la camisa afuera, el último botón desprendido y una botinera ajada de cuero en las manos, me mira desde el medio de la calle y al acercarme me dice “ambioss” con la boca que se arrugó sólo para pronunciar las consonantes mb. Esquivé la mirada y seguí caminando sobre las baldosas de cemento de calle Palma.
Al costado del estante apoyado sobre la pared, se sentaba con su kepi rojo en la silla de cable azul, el vendedor de dvds en bolsitas que movía su pie tratando de alcanzar el tempo del equipo de sonido del puesto de al lado, que sonaba con reggaeton a todo volumen. Frente a él, la conservadora roja vieja y las cajas vacías de gaseosa, estaban cubiertas por la sombrilla con el logo de Coca. Unos pasos más adelante, otro minicomponente sonaba con polka jahe’o, mientras el dueño reordenaba los discos de más arriba.
Casi llegando a Alberdi, un policía vestido de caqui, recostado en el muro, con la bota derecha a la izquierda del otro pie, una rodilla sobre la otra y el gorrito apoyado en la parte de atrás de su cabeza, mira a la viejita con vestido floreado que camina lento, con la canasta sobre trapos en su cabello, diciendo con voz apagada “dulce maní”.
En la calle el tráfico está lento. Casi detenido. Se escuchan pitidos de policías de tránsito y cachaca pirú de fondo. Una kombi toca bocina y saca la mano izquierda por la ventana, extendiendo el pulgar y el índice, pidiendo al auto de adelante que le de un poco más de espacio para estacionar. La silla del vendedor de quiniela se enderezó frente a la mesa redonda que sostenía su plancheta, para ver qué pasaba con el tráfico atascado.
Cruzando 14 de Mayo, el cartel decía grande, con lucecitas rojas: “Dólar: 4900″. Sobre la misma acera, el vendedor de manzanas y bananas comía un tallarín con carne en un plato de lata, sobre los tupper grandotes apilonados uno sobre otro, con empanadas y sandwich de milanesa dentro. El mismo señor levantó la cabeza para mirar a la rubia que pasaba, vestida de negro con botones dorados grandes, una cartera con diseños de leopardo y tribales a tono con los botones, en el pantalón.
“Chip Tigo 10 mil con internet” decía una hoja blanca escrita con bolígrafo remarcado, al lado del puesto con medias y calzoncillos frente al negocio de championes de marca, en la otra esquina. Aprovechando la parsimoniosa circulación de autos, crucé a la otra vereda, en medio de los parachoques. Un morocho vendedor nativo, con plumas en la cabeza, extiende su mano derecha con collares de madera y me sonríe. Le devolví el gesto, pero seguí caminando, siguiendo a la señora con mochila que llevaba en cada mano a un niño con remera verde y cuello amarillo de la Escuela Brasil.
El olor a chancho frito que salía de una de las puertas al pasar, hizo que mi panza se retuerza, deteniendo mi paso al llegar a 15 de Agosto. Seducido por el aroma, giré para pensar si volvía. Levanté la vista y ví el centro de la ciudad, cargado de personas y autos en movimiento. Abrí mi billetera. Saqué un diez mil y recordé al panzón de anteojos. Hay cambios que no son convenientes. Caminatas que no van a cambiar. Porque son parte viva del centro de Asunción. Porque no hace falta pronunciar la letra c, cuando estamos en nuestra ciudad.
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Tal como lo estuviesemos viviendo en carne propia… este paseo por el multifacetico y hasta promiscuo centro comercial asunceno, nos lleva a recordar gran parte de nuestra identidad como paraguayos que yo creo no se repite en ningún otro lugar de la misma manera… Los discos pirata, las empanadas, los cambistas… perdon ambistas!, los relojes y carteras de dudoso origen, las/los chiperos y ahora los celulares y sus chips ‘prepagados’ hacen sin duda de nuestro centro un lugar autoctono que nos permite en una caminata, recordar de donde venimos y quienes somos. Fuerza Doc!… seguí asi.
Hola Rolón, te conocí gracias al blog de tu estimadísimo casciari. Debe estar re gordo el guazo, de tanto que lo inflan sus seguidores. Vi tu comentario, tan obsecuente como el de todo el mundo, y no pude evitar entrar a tu blog. Y me sorprendiste. Me gustó mucho lo que vi. Te cuento que soy editora y si me llegara un material así, lo hago libro al toque.
Chau, un gusto. Suerte. Y no tenés nada que envidiarle al otro, eh.
qué boluda! puse mi correo en lugar de mi blog. Idiota total.