Cicatriz

Lunes, 31 agosto 2009 | 1 comentarios

Rostros desinteresados caminaban hacia mí. Inexpresivos, transpirados. Cada uno metido en su propio mundo. No insinuaban siquiera una sonrisa. Se cruzaban a mis costados. Nadie me miraba. No notaban mi paso. Los que se detenían, me daban la espalda, movían sus brazos hacia delante o metían sus manos en los bolsillos. Estaban los que hablaban alto o gritaban. No se les escuchaba. Era una manada de seres humanos dibujados con tonos grises.

En el fondo, una luz de color iluminaba un cuerpo entre la muchedumbre. Desde lejos, veía que ese haz se acercaba. Descubrí el negro de su cabello, recién peinado, con una raya al costado. Entre dos cabezas grises, divisé su frente. Tenía piel oscura, arrugada. Avanzó dos pasos más y revelé sus ojos. Me miraban fijamente. Detuvo su caminata. Se quedó tieso, sin dejar de mirarme.

Tenía la expresión seca. Se asustó de verme. Su rostro me resultaba familiar. Lo reconocí por su notoria cicatriz que iba desde su pómulo hasta un poco más abajo de su cachete izquierdo. Ningún músculo facial estaba tenso. Sé que lo conozco, no sé de dónde. Llevaba un sacón negro largo y zapatos oscuros bien lustrados. Me esforcé por saber dónde lo había visto antes.

Sin disimular, giró al verme. Empezó a caminar en el mismo sentido que yo. Acentué la velocidad de mis pasos, chocando con los hombros de la gente que estorbaba mi marcha. Él tenía el camino limpio. Dejé de verlo. Sabía que estaba sólo un poco más adelante. El haz de color seguía sobre él. Quise correr. Me molestaban todas las personas. Junté mis brazos y me zambullí en el mar de gente. Volví a verlo. Había girado su rostro para verme, mostrándome su cicatriz, intacta. Tenía que alcanzarlo. Tomó noción de la persecución y tomé arranque. Corrí. Ya no me importaba empujar cuerpos inertes.

Llegué a un metro detrás de él. Sintió mi presencia. No había nadie entre nosotros. Se detuvo. Paré mi caminar. Con parsimonia, giró su cabeza, otra vez por la izquierda, dejando ver su marca. Con su cuerpo de espaldas y la frente apuntando a un costado, me miró fijamente. Sus manos colgaban de sus brazos. Estaba vigilante y entregado. Su mirada me contaba uno a uno los sufrimientos por los que había pasado. No pronunciaba palabras.

Giró su cuerpo por completo. Sufrió al exponerse a mí. De sus ojos salían llamas de dolor. Su piel se enrojeció, se convirtió en fuego. Su pecho se incendiaba. Estaba indefenso ante mí, desnudo. Una lágrima avivó el calor entre sus pulmones. Gemía. Dolía. El haz de luz encandilaba. Explotó en un grito desgarrador, que temblaba, rasgando sus vértebras. Derrumbó todo lo que había alrededor. Con el alarido, sus pies no pudieron sostener el peso de su cuerpo. Se arrodilló con un último aullido. La llamarada paulatinamente fue perdiendo color convirtiéndose en humo seco, gris. Un montículo de ceniza plateada quedó sobre el piso. Una brisa suavizó los bordes.

Estaba con los labios separados. Tenía la respiración entrecortada. Mis dedos se suspendían bajo mis hombros. Quedé arrodillado, exhausto. Abrí las palmas de mis manos, subiéndolas, armándome de valor. Acaricié mi rostro. Desde mi pómulo izquierdo hasta cerca de mi boca, había una aspereza. Caí al piso. Desde abajo, el entorno volvió a tener color.

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Un comentario para “Cicatriz”

  • Agustín Núñez dice:

    Juancho querido; es muy bello el relato. Tiene varias lecturas posibles, es deir, es multidireccional, lo cual brinda un abanico de interpretaciones.
    Imágenes maravillosas.
    Muy fuerte. Realmente muy fuerte, sobre todo sabiendo que ése personaje existe y habita en silencio en el alma de alguien.

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