Los hilarantes paseos por los que la vida nos lleva sin pedirnos permiso, sin consultarnos, tienen un maléfico fin: enfrentar su carencia. Cuando nos habla, conmueve, acaricia y protege, no nos está contando que en algún momento nos va a dejar de responder.
Pero llega el momento en que buscamos hablarle, le gritamos, lastimando las cuerdas vocales, para que la respuesta sea solamente el silencio ecléctico, permanente, repugnante. Réplica que hace escuchar sonidos que odiamos con furia, maldiciendo cualquier tipo estímulo que reciba el tímpano, comprimiendo nuestros huesos, lastimándonos.
Se evade el estado de somnolencia, implorando caer en ella, haciendo caso omiso a los propios reflejos del espíritu. Esquivamos confrontarnos al dolor que recorre la sangre, alimentando las vísceras, llevando a maldecir la existencia de los inservibles órganos vitales.
Y cuanto más ganas existen de revertir el contenido maligno, la contaminamos con más ideas que fingen ser insignificantes, devolviéndonos una sobredosis de ansiedad que carcome nuestra carne, cansada de dormir, harta de esperar, achicharrada de evitar asumir la condición de débil.
Más que nunca, importa muy poco como nos mostremos al mundo. Hacemos un esfuerzo inútil por exponer nuestro malestar, haciendo que una coraza nos separe todavía más de alguna posible salida, aumentando la hipotética posibilidad de encontrar un camino que nos saque a la luz.
Quiero caminar, gritar, sentarme, vivir. Y el bloqueo es tal, que ni siquiera puedo disfrutar de lo que tengo. Una coraza me aisla y separa de mi realidad, de la que huyo con tormento, porque en algún momento tendré que enfrentarme a ella.
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Uy…