Frío metálico

Miércoles, 26 agosto 2009 | 1 comentarios

Te vestí con látigo y luz verde. Estás brillante. Las cadenas envuelven tu cuerpo. Tres vueltas. Una de las tiras aprieta tus pechos. Parece tapar tus anillos rosados. Me mirás. Sabés cómo te dejan las cadenas, porque ves cómo miro tu torso desnudo. Jugás a hacer el recorrido de los eslabones con tu mano, provocándome. Tratás de estirar la cadena. Querés y no querés. Vas a bajarla, pero no mostrás nada más que algo que parece ser una porción de tu pezón.

Quiero ver. Estiro mi dedo. Te acercás a mí. Dejás que toque la cadena, pero no tu piel. Hacés que sienta el frío del metal, pero no el calor de tu carne. Alejás tu cara. Para que te mire. Porque te gusta ver mi expresión de lujuria. Sonreís. Das un paso para atrás y me recordás que estás desnuda, envuelta en cadenas.

Extendés tu látigo para hacerme sentir que te acercás. Me acariciás la mejilla con el cuero. Ya no aguanto. Acerco mis manos a tu cuello. Con fuerza, tomás mi muñeca, sorprendiéndome. Me mostrás las esposas. Cerrás el primer anillo con fuerza. Con la primera mano esposada, hacés que pueda correr la cadena y descubra la textura de tu pezón, recorriendolo en círculos, descubriendo su dureza, su color. Acerco mi cara. Estiro mi lengua chocando con la cadena. Extendés tu látigo y tomás mi otra mano. Juntás mis muñecas y cerrás el segundo anillo.

Las dos manos atadas. Las acercás a tu pecho. Presiono las dos masas en simultáneo. Las descubro. Sacás la cadena. La pasás por el medio de las esposas. No permitís que deje de presionarte. Vos tomás el control, para sacar las cadenas y alejarme nuevamente de tu piel, de tu calor.

Movés mis manos, ahora sos dueña de ellas. Hacés que te toque. Subís mis manos a tu boca. Hacés ruido con el látigo. Siento lenguetazos en mi dedo, latigándome. Hiciste que me pegue completamente a vos. La luz te pone verde. De color verde. Estás desnuda. Con una sonrisa maléfica, te desvestís, sacándote las cadenas. Me mirás como si me fueras a hacer un maleficio.

El ruido de los grilletes, conjura con los de tu mandíbula que se abre. A cada sonido, un lenguetazo. Extendés la cadena y me aferrás a vos. Tengo escalofríos. Estirás el frío de las cadenas. Así desnudo como estoy, recorrés mi cintura con las cadenas, como si fueran tus dedos. Trato de bajar mi cabeza, porque quiero recorrer tu cuello. Me lo prohibís con tus dientes. Mientras subís las cadenas por mi espalda, acariciando mi piel con el frío metálico, presionando tu pubis al mío y tu pecho a mis costillas.

Las cadenas. Tu piel caliente. El hierro frío. Tu lengua húmeda. Tus pezones hinchados. Tu panza cruzada por una cadena congelada. Tu pubis que tiembla. Me tomás de las nalgas. Con fuerza, presionás tus dedos entre las cadenas y me acercás a vos. Sentís la fricción. El roce de pliegues.

Por primera vez, extendés tu lengua y estirás la mía. Sin dejar de apretar tus dedos, soltás la serpiente y dejás que enloquezca dentro de mi boca. Mi lengua te persigue, pero la detenés. Vos sos la que quiere tener el control.

Textura fría y suave, que huele a pasion. Húmeda de traspiración y fuego. Tomás fotos con tus poros, que piden sedientos el calor. Tus pechos piden manos que las fotografíen con sus huellas. Que dejen sus marcas sobre vos. Calor. Los dos desnudos. No tenemos frío.

Giraste. Diste pasos lentos. Escucho los tacos. Estás donde termina la pieza verde y comienza un pasillo negro. Me tiraste un beso a lo lejos. Te diste vuelta. Te fuiste. Envuelta en cadenas. Nada más que cadenas.

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