Uña

Lunes, 17 agosto 2009 | 1 comentarios

Por detrás de las nubes, una uña recién cortada ilumina el agua, marcando un resplandesciente sendero de luz que baja desde el cielo hasta las olas, dibujando un camino que crecía en el río a medida que se acercaba a ellos. El viento golpeaba los pómulos de ella, rujiendo en la prominencia de sus orejas, secando sus ojos rojos. Estaba sentada, con la cabeza metida entre las rodillas dobladas, tomando sus tobillos con las manos. Él apoyaba su pecho sobre el pasto, acostado, con las piernas extendidas, los brazos doblados y la frente apoyada en las manos. De espaldas a la luna, tendido frente a ella.

El policía que les había sacado sus pertenecencias, las acomodó una al lado de otra, cerca de ellos y dispuso que permanezcan en esa posición, frente a frente, luego de haberles sorprendido aspirando un polvo blanco de dudosa composición, envuelto en papel metálico. Desde el celular, solicitó apoyo de camaradas y personal antidrogas, mientras volvía a levantar los documentos del piso para releer sus nombres. Indagó edad, nombre de sus padres y de qué ciudad eran. Hablaban bajito, respondiendo estrictamente a lo que se les preguntaba.

Mientras el uniformado se agachó a inspeccionar el bolso de ella en el piso, él se levantó y se dispuso a correr. Con los pies pesados y movimientos torpes, un pequeño desnivel en el pasto sirvió para que perdiera el equilibrio, dando tiempo al policía para que se abalance sobre él, tomándolo de las muñecas, tirándolo al piso de un empujón. Sintió las rodillas del agente sobre su espalda, las manos inmóviles y el olor del pasto que volvía a hacerse sentir en la cara. Esta vez, quedó de frente a la luna. Ella observó la persecución desde su lugar, tiesa.

Los refuerzos no tardaron en llegar. Lo vieron tendido en el césped y el superior ordenó maniatarlo. Uno de los policías desenfundó las esposas, extendiendo los brazos, haciendo que la luna sea testigo de la sentencia, a través del plateado grillete que resplandecía con su brillo. El crujido del cerrojo sonó como una hachazo que partía los dedos que no ponían oposición a la prisión a la que estaban siendo expuestos. Se volvió a escuchar un segundo martillazo que acalló el sonido del viento, clavando los tímpanos con un sonido deslumbrante, obscuro y nítido.

Con mucha dificultad, le tomaron por debajo de los brazos, lo levantaron y le sentaron al lado de ella. Quedaron los dos con las rodillas dobladas y la cabeza entre las piernas, mirando el césped. Ella seguía con las manos en su tobillo. Él las tenía en la espalda, prisioneras.

Sin decirse palabras, acercaron sus hombros, equilibrando sus cuerpos, apoyándose. Con mucha pasividad, como si el tiempo no fuese una limitación, ella soltó su tobillo izquierdo, llevando sus manos a un lento recorrido hasta la espalda. Con mucha lentitud, por detrás de los dos, los dedos se reconocieron, leyendo las huellas del otro. Reconocieron sus texturas, sabían encontrarse, saciando la sed de caricias que tenían. Él tomó la mano de ella, presionándola.

Uno de los policías se paró frente a ellos, abrió una hoja y se dispuso a leerles sus derechos y obligaciones. Ninguno de los dos parecía escucharle. Esquivando al viento que chocaba en sus rostros, levantaron la mirada. Parecía que miraban al uniformado. No lo habían visto. Se concentraron en ver la luna que aparecía brillando recortada ante sus ojos. Giraron sus miradas hacia el otro con calmada dulzura. Él veía el resplandor de la uña en los ojos de ella. Ella sonrió. Lentamente acercaron sus narices. Sus labios entraron en contacto, reconociendo sus pliegues, erizándoles la piel. El beso siguió mientras seguía la lectura, como si un ángel les leyera una poesía.

Ni brillantes esposas, ni tan siquiera la mismísima ley, pueden establecer sus derechos. Ellos eligen en qué momento disfrutar de la luna que brilla para ellos. Ellos optaron por esposar a las personas que tenían enfrente, que no entendían que venían a decirse que estaban ahí, con las manos encarceladas, los dedos que se mueven y una uña de testigo.

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