Carta a Hernán

Viernes, 18 septiembre 2009 | 1 comentarios

Ahora entiendo a los que dicen llorar cuando me leen. Porque uno se para en un momento X donde se pone a ver qué ha hecho, qué hay por hacer y qué es lo que tiene.

Desde hace 3 meses, mamá está loca con una beca de un mes y medio que le concedió la embajada de España en Paraguay. En todo este tiempo las conversaciones de los fines de semana giran únicamente alrededor de “¿Me mostrás en Google dónde está el Museo de América?”, “Ya compré una cantidad de abrigos, me faltan chabombas nomás ya” o “¿Cómo hago para tener internet en mi computadora allá?”.

Y como si todo fuera poco, papá, recién jubilado, tira la casa por la ventana y decide “ir a buscarla”. Se quedan unos quince días más después de las clases de ella, dando vueltas por Europa. Desde que esto se confirmó, debo confesarlo públicamente: me cuesta ir a almorzar a casa los fines de semana. Mamá y papá conversan entre ellos diciendo “¿Desde qué lado sacamos la foto adentro del barquito en Venecia?” o “¿Qué zapato combina mejor con el Arco del Triunfo?”, mostrándome a mí mismo que soy un envidioso cualquiera.

Me sentí todavía peor cuando me dicen “Che, Rubio, ¿qué querés que te traigamos de Europa?” subrayando, poniéndole negritas y cursiva con sus labios a esta última palabra. “Tu hermano nos pidió un pedacito de tierra del Coliseo. ¿Y vos?”. Es en parte, culpa de mi propio orgullo, que le respondo con una sonrisa falsa diciéndole “No te preocupes mamma, el saber que ustedes están por allá, para mí ya es un regalo”.

Hoy amanecí con tu nueva entrada en Orsai. Parece que entiendo lo que les pasa a los que me cuentan que lloran cuando me leen. Es como que en un momento despertamos y tomamos noción de lo que tenemos a través de lo que cuentan los otros, y las lágrimas son la representación física del descubrimiento. Porque tu viejo se vuelve inmortal al convertirlo en el personaje de un libro. Tal vez sin querer, me hacés entender que ahí están mis papás, y que los tengo ahí, para ir a comer un asado o para que me refrieguen las peripecias de su viaje.

Quiero agradecerte el gesto amable de entregarnos el pdf para los que estamos lejos. Pero me es obligación contarte que estoy anotando mi pedido en una hoja de cuaderno grande, con un pincel gordo, de forma que no se les olvide: “El pibe que arruinaba las fotos”. Pero ojo, no lo quiero para mí. Al final, es para entregáselo a papá cuando vuelvan. Me gustaría mucho que le conozca a tu viejo.

Eso es lo lindo. Cuando el gran logro de un libro, trasciende las hojas. Felicitaciones, Hernán.

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