Pasa por los dedos, entre el anillo, entre los dolores. Alimenta la rigidez de los huesos. Nutre la piel, con sus pliegues y diversidad de tonalidades.
Hay tensión que aprieta, congela, hierve. Chorrea humo de entre los pulmones, mostrando su coreografía al abrazar el aire. Entrega su miel a los globos, que bailan en compás al observar el vaivén de la vida, generando imágenes, proyectándolas.
Letras que salpican todas juntas, que no quieren saltar en armonía. Sudor. Se arruga la frente. Pesan los párpados. Estiran las cejas. Los dedos golpean, lastiman. Apuran las lágrimas. Las empujan inútilmente. Las mismas gotas que al no poder salir, hacen presión en el pecho, en el hueco.
Las clavijas estiran las cuerdan vocales, rompiéndolas con un grito seco del que brota cal, inundando las paredes con un halarido que no se escuchó, que se hizo polvo.
Se alcanza a ver la luz negra que ilumina el interior, obscureciendo aún más la confusión. Encandilando.
Se forman grumos espesos.
Chorrea de furia. Explota de impotencia.
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