Ojito

Miércoles, 16 septiembre 2009 | 0 comentarios

Con la suficiente cantidad de gel en el cabello, haciendo notar que está peinado y sin que parezca que está con el pelo mojado, en medio del humo y bajo luces que giran, se acerca con pasos calculados a la barra. Suena una música que asemeja a los ochentas. Un techno retro, lo suficientemente lento para charlar. Se para frente a la barra, apoya su codo en la mesada y pide un whisky, buscando darle tono ronco a su voz.

En una mano tiene el vaso cargado, con la otra lleva un cigarrillo a la boca. Con un ojo abierto a medias, mueve los hombros buscando seguir perfectamente el compás de la música. Mueve los labios dibujando una semi-sonrisa sobre su rostro. Sonríe burlonamente y exhala el humo inclinando levemente sus labios a un lado.

Sin mirar, presiona la colilla sobre el cenicero, gira la cabeza primero para luego enderezar el cuerpo, da unos pasos, buscando cambiar la visión sobre la pista de baile, haciendo que sus pies acompañen la cadencia que ya hay en sus hombros. Apoya la espalda sobre la pared, levanta su pulgar izquierdo y lo cuelga de su cinturón, acomodando su camisa a cuadros, dándole destaque a la gran hebilla dorada de su cinturón.

Mueve la cabeza mucho más lento que sus ojos, explorando alguna mirada perdida. Sin perder la armónica danza en su cuello, inclina la frente hacia la derecha y para atrás, así puede mirar el entorno desde arriba, manteniendo sus ojos medio abiertos. Levanta su talón izquierdo apoyándolo en la pared. Dobla un poco las rodillas. Sólo un poco, que no sea tan alevoso.

Mientras aspira, percibe el perfume que se puso antes de salir, sientiéndose, indiscutiblemente, el galán de la noche. Acaricia su mentón, acercando los dedos a su mejilla, con calma. A través de sus ojos se descubre que su sonrisa es ahora sensual. Cambia al otro lado la inclinación de su cabeza, acercando el índice a su nariz, sintiendo su olor, olor a él.

Decide inmiscuirse con el sonido que invita al baile. Mueve su cabeza suavecito. Fuera de tiempo, no sea que parezca que está muy cómodo. Hay mucho humo. Sus ojos le pican, pero no se inmuta. Tiene que aparentar acostumbrado.

Acaba de empezar un rasguido que lo emociona. Es el tema. Su preferido. No puede quedarse parado solo. Da dos pasos en ritmo y se limpia los dientes absorbiendo aire. Está verdaderamente estimulado. “Nos vamos a Lambaré” corean las chicas. Mueve su cabeza, estimulado por los tambores de la música. Imagina camas de motel. No conoce como son, pero se deben ser vistas detrás de su mirada. Enciende otro cigarrillo. La noche está en su máximo esplendor. Siente las luces de colores que se mueven y giran sobre su brazo. Ya está en la pista. Al borde. Se siente vigoroso. Hace gestos de emoción ante los ruidos electrónicos que parecen espadas.

Hace ojito. Nadie le miró. Es como un saludo que le hace a alguien que no está. Levanta su brazo izquierdo, dejándose llevar por el éxtasis al que la música lo lleva. Todos cantan, con las manos arriba. No hace falta que él diga la letra. Se sabe que se la sabe.

Terminó el tema. La siguiente música le aburre. Manteniendo el swing, pasa al patio, buscando aire para respirar. Mira su celular. Sólo ve la hora. Se hizo tarde. Camina hacia afuera. Acercándose a la puerta, se mira en los espejos de las paredes. Antes de saludar a los guardias, se arregla el cabello, mirándose. Se hace ojito. Efectivamente, era el más churro de la noche.

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