Dulces sueños

Lunes, 12 octubre 2009 | 0 comentarios

Sobre la almohada, mi cráneo recibe los azotes de una pelota de tenis que golpea como un taladro, partiendo mi cabeza en varias partes. El dolor se esparce a través del cuello. La temperatura de la piel sube. El fresco de la palma de mi mano parece calmar, al menos en algo, la tensión de los músculos en mis hombros.

Tomo fuerzas. Me abrigo. Bajo las escaleras. Abro la puerta. Autómata, arranco el auto. Enciendo las luces. El gastado limpiaparabrisas no hace más que manchar el vidrio. El chirrido de su vaivén es un látigo en mis oídos. Haciendo movimientos en círculo con mis manos, saco la escarcha del lado de adentro. Ensucio todavía más la visual.

El centro está vacío. Me detengo frente al cartel con letras verdes. Un guardia de seguridad vestido de marrón, me observa. El revistero de al lado, sentado sobre la silla inclinada hacia atrás y con los brazos cruzados, levanta la vista por sobre sus anteojos. La puerta de vidrio está cerrada. Es el único local abierto a estas horas. La farmacéutica sale desde el fondo y se acerca al agujero del blindex para que pueda hablarle. “Paracetamol” alcanzo a decir con la voz apagada, mientras trato de subir los dos peldaños.

Ahí estaba. Sobre el piso, en el último peldaño. Acurrucada. Con los pies descalzos apoyados en las revistas apilonadas. Sus piernas marrones estaban dobladas. Sobre ellas, apoyado un cuaderno abierto. La pollera marrón pálido le llegaba a las rodillas. Hizo un pequeño movimiento con su cabeza cuando escuchó mi voz. Su blusa, color rojo sucio, dejaba entre ver su ombligo. Una cuerda cruzaba su pecho, con un monedero apretado sobre su cintura. Un brazo, apoyado en el escalón, dejaba su manito derecha colgando. Apretaba con sus dedos, su mercancía: unos quince paquetes de chicles Beldent, ordenados por colores. La otra mano, bajo su cabeza, hacía de almohada. Sus ojos saltaban por debajo de sus párpados.

“Seis mil”, me susurró la chica detrás del vidrio, sacando las pastillas del bolsillo de su guardapolvo. Desde su posición, velaba un sueño que dormía a sus pies. Podía echarla de la puerta de la farmacia. O permitir que pase sus sueños bajo techo.

El frío llegó hasta mi pecho. Quedé congelado. Agarré las tabletas. Cuidando de no hacer ruido con mis pisadas, subí al auto. Volví la vista a la farmacia. La nena era un punto obscuro entre las revistas y los medicamentos. La impotencia no era sólo mía. Una mezcla de sensaciones. Ganas de correr y gritar. De subirla al auto. De traerle una frazada.

El olor de sus chicles quedó pegado mi nariz. Ya había olvidado el dolor de cabeza de un rato atrás. Tal vez el frío. O tal vez fueron las imágenes frías que dieron un mazaso a mi cráneo. La pelota de tenis debió haberse quedado en sus manos. Para que juegue con ella cuando despierte.

Ninguno de los que la mirábamos podíamos hacer nada. Entre revistas, remedios y chicles, nos hicimos cómplices de su reposo frío. Velando por sus dulces sueños.

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