El recreo

Lunes, 19 octubre 2009 | 7 comentarios

Faltaban menos de cinco minutos. Busqué que la profesora vea mi sonrisa de buenito. Una vez que pasó su mirada, ponía cara burlona y desde el pupitre de la última fila de la sala, festejaba abiertamente que el fin de la clase se acercaba.

Como un zorro, me acerqué a la puerta, escondiéndome detrás de las estudiosas que miraban atentas la pizarra. Sonreían cómplices al sentirme pasar. Me puse en cuclillas, chupando panza, atrás de la espalda de la gorda. Ella miraba su cuaderno con el bolígrafo azul en la boca. Todas las veces era la misma cara de no entender nada. Hasta hoy quiero saber si de verdad buscaba aprender algo, dos horas después que la clase haya empezado.

Apoyé mi oreja en la pared. Primero tenía que sentir la vibración y después el sonido. Todos los poros estaban atentos. Era una sensasión desafiante el saber que todos conocían mi posición y hacían como que no pasaba nada. Volví la vista al fondo. Chucky estaba en posición para soltar su hilarante risa.

Sentí cómo venía el temblor desde la sala de coordinación a través de los ladrillos. Levanté los talones y estiré las piernas. El sonido del timbre se hizo pleno y la expectativa, en su máximo esplendor. Dí un salto y estiré el brazo todo lo que podía. El sonido del picaporte daba inicio a la estampida. Tenía que escucharse hasta atrás. En el camino de mis manos a la puerta, tiré el cuaderno de la gorda. No me interesaba escuchar su típico plagueo de abuela. Estiré la puerta, con la adrenalina cargada al máximo. El estruendo del choque del bloque de madera contra el concreto fue terrible. Esta vez ya fue muy fuerte. Pero nada, nada, iba a detener mi salida al patio.

Escuché que mi apellido se pronunció en un grito nervioso y la risa cómplice que explotaba con el sonido de la puerta. Corrí a máxima velocidad y llegué a la puerta del final del pasillo. Corrigiendo mi respiración y mi postura, di dos golpes a la puerta, mientras leía el cartel de acrílico blanco con letras negras: “Dirección”. “Buenos días Señorita. ¿Podría pedirle la guitarra para cantar en el recreo?” poniendo mi mejor voz de muchacho correcto e intelectual.

Bajé las escaleras mientras afinaba la primera cuerda, que tenía la clavija floja. El banco verde del patio, me esperaba vacío. Era el primero en llegar al recreo. No había tiempo que perder. Era sólo empezar a cantar. Y esperar a que la gente se acerque.

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7 Comentarios para “El recreo”

  • ortiz dice:

    Que grande rolo!!!

    Escucharte en los recreos e intentar con mi desafinada voz acompañarte era mi merienda favorita!!

    Todavia te veo cada vez que escucho “yo vivia en un bosque…”…”mujer, mujer….” y otros clasicos de esos minutos de libertad…

    de alguna forma…se lo hacemos llegar a chuky… la red es grande…

    un abrazo!

  • Fabiana dice:

    Que idolo Rolo!! Casi casi me haces lorar..sos un capo!!

  • Fabiana dice:

    ..LLorar..JEJE

  • David dice:

    Mestre! Está muy bueno! Pero hasta acá nomás! No pongas qué cantabas…, mucho menos cómo cantabas!!! jajaja..

  • Tamy dice:

    rolo!!!! que tiempos aquellos!!! despues de leer tu cuento me entró una nostalgia de aquellos recreos!!!!… festejos, reuniones, etc etc

  • Vero dice:

    Me hubiera encantado acompañarte en aquellos recreos musicales ..y demás momentos artísticos…
    me acuerdo de las competencias de la canción,,,esas en los que siempre ganábamos!!!! no por nuestras voces sino por nuestra ONDA!!!!…
    ke buenas letras Juanan…besitos desde Arg…

  • BRUN dice:

    grande Rolo….y rasguñan las Piedras…

    Ah…y Mariel y el capitan…mil veces te habre pedido que cantes y que vuelvas a cantar esta!

    Te quiero!

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