Su desayuno

Viernes, 2 octubre 2009 | 2 comentarios

Sonó el despertador. Acostumbra a ponerlo lo más tarde posible y aprovechar así al máximo sus horas de sueño. Prevé el tiempo justo para cepillarse los dientes, vestirse, prepararse un café, un sandwich y después salir. Antes, se levantaba ni bien escuchaba el ring del celular. Últimamente andaba durmiendo un poco más, de a cinco minutos, sacrificando su impostergable desayuno. En estado de somnolencia consciente, ya conocía la posición exacta de su dedo para presionar la tecla que decía “Dormir”.

Como se andaba haciendo costumbre, apoyó un pie en el piso, diez minutos después del primer pitido. Giró para vigilar la postura de ella. Estaba de espaldas, con el cabello sobre la almohada, viendo sus rodillas flexionadas por debajo de la frazada. Decidió dejarla dormir un rato más.

Sintió en los brazos el fresco de la mañana. Le dio pereza abrir el ropero y ponerse un abrigo. Con sumo cuidado, cerró la puerta al salir de la pieza. Caminó hasta la cocina. Acomodó los platos sucios sobre el lavatorio para hacer un espacio y cargar la pava con agua. Tomó la cajita de fósforos. Una vez más, la volvió a abrir al revés. Después del húmedo chasquido, encendió la hornalla. Puso el agua a calentar.

Sacó pan, manteca y queso. Enchufó la mixtera. Puso cuatro rodajas de pan sobre un plato que ya estaba sobre la mesada. Les untó, con mucha dificultad, la manteca que aún estaba dura por el frío de la heladera. Apoyó las fetas de queso. Encimó las rebanadas, con la manteca acariciendo el queso. Las puso en la sandwichera, reaccionando con ruido al ponerlas en las planchas que ya estaban calientes.

Abrió el estante. Bajó los dos potes. Tapas roja y verde. Contó. Una, dos, tres de azúcar. Dos de café. Vertió una cucharita colmada de agua en la taza verde y empezó a batir. Durante la pausa del batido, se asegura que el agua no hierva y que por el olor, los sandwiches estén en su punto. Miró dentro de la taza. La mezcla ya estaba tomando color dulce de leche.

Puso el café caliente en un vaso para llevar. Envolvió los sandwiches con una servilleta. Los dejó listos sobre la mesa, al lado de la puerta. Entró al baño, se cepilló los dientes. Se miró al espejo y se vio despeinado. No había tiempo para arreglos. Antes de acostarse, ya había previsto dejar su ropa en el sillón de la sala y no despertarla al vestirse. Se vistió.

Volvió hacia la pieza. Tomó el picaporte frío, girándolo con extremo cuidado. Mordió suavemente su labio inferior mientras entraba. Ella estaba recostada sobre el hombro contrario, con el brazo apretando dos almohadas sobre su cabeza. Entendió que había hecho mucho ruido. Tal vez fue al batir. Se animó a acercarse y apoyar suavemente la mano sobre su pierna. Le dijo susurrando, por sobre las frazadas: “Tu desayuno está listo”.

Tomó el celular. Miró la hora. Salió como un rayo. Una mañana más que llegaría tarde, sacrificando su desayuno.

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