Felipe

Miércoles, 23 diciembre 2009 | 1 comentarios

Anoche algo pasó conmigo. Acostado en la cama, mis brazos se hicieron más gordos, mis manos crecieron, tenían un color gris metálico y mis dedos eran articulaciones mecánicas, como Freddy, pero no me sentía diabólicos. Daba gusto mirarme.

Mi sangre corría lento. Se estaba convirtiendo en aceite. Mi pecho creció. Mi panza era todavía más grande. En la boca del estómago, creció un picaporte que al apretarse, permitía que se abran dos compuertas cuyas bisagras estaban a los costados. Al abrirse, dejaban ver el motor limpio que se movía dentro, con cables y caños de metal.

Me convertí en una máquina con rulemanes, articulaciones con grasa y dispositivos hidráulicos. Fue la primera vez que tomaba conciencia de la transformación. Mutación a la que los psicólogos le llaman despersonalización.

Desde hace muchos años atrás, desde chico sufría estas alteraciones físicas. Las siento desde siempre, desde que tengo uso de razón y nunca lo noté. Era él el que venía conmigo y yo lo aceptaba como normal.

Ahora que sé que estuvo siempre ahí, tengo que ponerle un nombre para identificarlo. Felipe. Le voy a poner Felipe. A lo mejor eso me ayuda a confirmar la hipótesis de que es una persona que se apodera de mí.

Es rojo. Marca Mercedes Benz, modelo 1313 con carrocería El 14. En la parte alta de la ventana del chofer dice “SUPER LUJO”. El motor tiene un sonido fino y suave. El piso es de madera y los asientos tapizados con cuerina roja. La decoración interior empieza desde la hamaca que cuelga de lado a lado, por detrás del retrovisor y se ataja del parante del medio con pinches. El retrovisor está rodeado de una tela de peluche rojo que hace juego con la palanca de cambios. La cabeza del cambio transparente tiene la estrella de Mercedes de color celeste impresa adentro.

Felipe es un colectivo. Lo pusieron a trabajar en la línea cuarenta y cinco. Lo pintaron de rojo y a los costados le pusieron la inscripción “Ciudad Universitaria” con letras cursivas. Su volante lo negro con textura antiadherente lucía brillante, en el medio, la estrella de Mercedes.

Me paraba a la izquierda lado del chofer. Rubio, de tez blanca. “Papá Pitufo” le decían. Estira el brazo izquierdo para girar la perilla y abrir la puerta trasera, mientras miraba por el retrovisor interno colgado del lado derecho. Volvía la vista al frente, pegaba un vistazo a su espejo de arriba y confirmaba que todo esté en orden. Extendía su brazo derecho para mirar el número de boleto. Sacó un bolígrafo que estaba metido en las rendijas de aire acondicionado del tablero. Estiró la plancheta que colgaba de la caja de madera donde guardaba los billetes y anotó la numeración. En casa todos sabíamos de este señor. De mi amigo.

A cada vez que subía un pasajero, repetía los mismos movimientos. Levantaba la pierna izquierda para apretar el embrague, con el brazo derecho movía la palanca de cambios, para después levantar la pierna derecha y pisar el freno. El chirrido del freno me llevaba al éxtasis.

Los mejores, eran los pasajeros con los que se paraba por completo. Se agarraban del pasamanos de la puerta y con el colectivo en movimiento apoyaban el pie en la escalera. Papá Pitufo estiraba su mano derecha con las palmas hacia arriba mientras aceleraba. El recién subido le ponía las monedas en la mano, así podía mover la palanca de cambios sin sacar la vista del frente. Bajaba la cabeza para contar las monedas y separarlas para que ponerlas en el monedero vertical con rendijas del tamaño de las monedas. Las más grandes eran las de cincuenta. A veces tenía que dar vuelto y apretaba la tecla para sacar las monedas.

Para doblar, era toda una coreografía. No se doblaba así nomás. Si doblaba a la derecha, estiraba el brazo izquierdo a la parte de arriba del volante y giraba hasta quedar abajo y al mismo tiempo con la mano derecha toma la parte de arriba para que vuelva a girar. En el momento exacto, apretaba el embrague y hacía el cambio, para comenzar la parte que yo esperaba: el volver a ponerse recto. El volante volvía a su centro con gran velocidad, haciendo girar muy rápido la estrella del medio.

Pero si era una señora con muchas bolsas alrededor la que esperaba, paraba con la puerta trasera frente a ella. Era una horrible espera. Dos señores bajaban los escalones y levantaban sus bolsones acomodándoles cerca del asiento de atrás.

Esquivaba los arenales. Él prefería siempre la tierra dura a la blanda. En el camino de tierra iba los más rápido que podía, porque después venía el empedrado y ya no iba a poder correr. Al salir a la ruta, en el kilómetro diez, pisaba el acelerador y tomaba eusebio ayala a sus anchas. El andar era diferente y podía disfrutar del placer de manejar sobre el asfalto. Pasaba a quinta y dejaba la mano apoyada sobre la palanca. Ponía cara de enojado y se acomodaba el flequillo. El viento secaba el sedor de su frente, pero no le despeinaba.

Sí o sí, se quedaba en el semáforo de San Martín. De la riñonera que tenía colgada a la izquierda, sacaba una toallita blanca, sacude con fuerza el polvo del tablero, seca el contorno del volante, se pasa por la cara para después volver a dejar la toalla sobre sus piernas. Volvía a revisar la numeración de sus boletos y anotaba otra vez en la plancheta. Siempre manejaba con sandalias franciscanas marrones. No usaba medias.

A la altura de Choferes del Chaco sube el inspector. Se pasan la mano y Papá Pitufo le entrega su plancheta con las anotaciones. Los pasajeros, más o menos al unísono, levantan una nalga y meten la mano en el bolsillo para ir buscando su boleto. El inspector saca el bolígrafo que tenía apoyado sobre la oreja y empieza su recorrido. Todos le muestran su boleto bajo la atenta mirada de mi amigo que miraba constantemente el retrovisor.

A su vuelta, el inspector devolvía la plancheta, bajaba un escalón y hacía el tramo desde la estribera con el viento que le refrescaba. Intercambian conversación con Papá Pitufo y se hacen chistes. Se bajó en General Santos, en el viaducto. Era la parte inversa. Cuando se bajaba, nunca paraba del todo, ponía en tercera y coordinadamente cuando el inspector pegaba el salto despegándose del colectivo, papá pitufo suelta el embrague y apretaba el acelerador. Nunca se miraban. Se escuchaban.

Papá Pitufo se convirtió entonces en mi primer ídolo. Dejaba que me pare a su izquierda a mirar su manejo y hacía como que yo no estaba, con su cara de malo. Me encantaba. Pero tampoco me echaba. Yo disfrutaba del viaje.

Las calcomanías iban desde una guampa que decía con letras redondeadas “Apretame fuerte, chupame despacito”, otra que hacía alarde de “Robson” el nuevo jugador de Cerro Porteño y un chupete que decía “chupame todo”.

Hasta que un día me subí al coche treinta y dos de la línea cuarenta y cinco y Papá Pitufo ya no estaba. A Felipe le pusieron radio. Ahora lo manejaba un señor morocho. También tenía camisa celeste con la tira fina sobre el hombro. En el bolsillo decía “Linea 45 Ciudad Universitaria”. En la radio, Ricardo Rodas Vil presentaba el próximo tema de Valeria Lynch después de dar los saludos de cumpleaños, y ponía mi música: “Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, te desea, Fantasía y Ricardo Rodas Vil” con un organito de fondo. Automáticamente, después venían dos canciones pegadas, una atrás de otra. “Buenos días para todos, buenos días para tí, hoy me siento muy alegre, hoy me siento muy feliz. Buenos días para todos, buenos días para tí, la canción de los saludos ha venido por aquí”. “Alegra esa cara, sonríele a la gente, tu vida es diferente si la puedes cantar. Un poco de fortuna, limón y fantasía y una buena canción”

Parecía más amigable que Papá Pitufo, pero no me animaba a pararme a su lado. Tenía miedo que me rete. En el camino de tierra se cruzó con otro colectivo que llegaba. Se hacían señas, paraban y quedaban las ventanas de los choferes una al lado de otra. Uno que se iba, otro que venía. Apoyaban el brazo en la ventana para charlar. Intercambiaban billetes, se daban sencillo y se hacían un chiste.

Felipe empezó a cambiar de chofer con mucha frecuencia. Mantenía su chirrido en la frenada y lo reconocía por el sonido de su motor. Estaba su hermano, que era físicamente igual pero no tenía su exótica decoración. Había algo en el motor que hacía que no suene tan igual.

Los choferes que eran más argeles, maltrataban a los de adelante acelerando el motor porque estaban apurados. La adrenalina subía.

Pocas, muy pocas veces, tuve la oportunidad de sentarme adelante. Del lado opuesto al del chofer, por delante de la escalera. Quería ordenar los billetes y contarlos para ayudarle y sentirme lo máximo. Cómo quería poder cambiar el acrílico del cartel. “Azara-Clínica-Tacumbú”, una palabra abajo de la otra, decía cuando nos íbamos al centro. Al volver decía grande, “Km 10″ con el cartel blanco. “Lucerito” tenía el acrílico amarillo y el de “Sinalco” era azul.

Cómo quería ser grande. Me moría por hacer girar el molinete. Pero siempre estaba el maldito “pasá por abajo” que detestaba. Quería hacerme el desentendido para que mamá no me dijera la odiosa frase. Pero todas las veces era lo mismo.

El sonido del motor con el colectivo detenido era “le-le-le-le-le-le”, mientras esperaba el semáforo y limpiaba el tablero. Ahí está. Esa era la diferencia entre Felipe y su hermano. Su hermano hacía “la-la-la-la-la-la”.

Con el advenimiento de la tecnología, empezaron a venir los colectivos sin nariz. La línea veintinueve tuvo los primeros Marcopolo grandes, pintados de blanco. Tenía las ventanas que se podían abrir arriba y abajo y los asientos mucho más acolchados. Tenían un molinete moderno que tenía tres barras que giraban cuando uno pasaba. Se llamaba “Molinete Kit” de la marca “Wolpac”. Cuando me sentaba en el primer asiento de adelante, a la izquierda del chofer, ahora me separaba un vidrio del chofer. Pero la sensación era diferente, porque la rueda estaba justo debajo mío y al doblar se sentía diferente: parecía que el colectivo pisaba la vereda, pero no. El giro se calculaba diferente. Cuando me subía, le decía “Medio” y los choferes me miraban medio mal. Por lo visto que ya era grande. Pero estaba en sexto grado y tenía uniforme.

Despersonalización. No puedo llamarle así. Por eso le pongo Felipe. Es más tierno. Con toda la compañía que ya me hizo, es muy frío llamarle así. Muy impersonal. Sin que yo me de cuenta, se empezó a hacer apoderar de mí en muchos transcursos de mi vida.

Después de construir el amurallado que rodeaba la casa de Ñemby, sobraron muchos ladrillos que ordenadamente superpuestos hacían una montaña de ladrillos huecos. Era una caja cuadrada que en correcta disposición, tomaba forma de escalera que conducía al asiento del chofer con su caja de cobrador al lado. Al subir, estaban los asientos numerados de un lado y del otro, dispuestos hasta el fondo con un pasillo en el medio. El volante era una taza de camión que quedó grabada en alguna foto. Las veces que verdaderamente daba gusto jugar, era cuando estaba María José, porque Juan Pablo era siempre el mismo pasajero, y estimo que para él no era tan divertido el viaje como lo era para mí. Por eso no era de su predilección jugar en los ladrillos conmigo. Felipe tenía forma de colectivo construido con ladrillos.

De ser estático, pasó a tener movimiento. Para ir al almacén de Ña Delia, tenía que cruzar por un tapé po’i que llevaba a la canchita al lado de la casa de Loli. El trayecto del caminito me recordaba a los caminos por los que andaba Felipe con sus curvitas para esquivar los pozos o los hormigueros que molestaban el libre tránsito. Cuando empezaba el recorrido, yo paraba mi caminata, contaba mi plata para intercambiar sencillo con el otro colectivo con el que me cruzaba. Cuando veía que empezaba a ver que el yuyal se achicaba, yo aceleraba el paso para poder meter en quinta. Cruzaba la canchita corriendo y la mano apoyada sobre la palanca de cambio.

El almacén estaba sobre la doble avenida de empedrado. Ña Delia estaba sentada en su silla de cable azul sobre la vereda. Me vio corriendo y supuso que yo estaba apurado. Se levantó con esfuerzo mientras yo cruzaba la calle. Suspirando por la corrida, le dije “¿Tiene pelo de ángel?”. Su nariz estirada hacia abajo tenía un grano en la punta. Parecía el de una bruja. Me miró con cara extrañada. “No tengo decile a tu mamá”. Ni bien ponía los pies en el empedrado, empezaba a sonar el motor. Hacía un chasquido con los dientes para hacer un cambio. Caminata normal en tercera. Al poner en cuarta, los pasos rápidos. Me preparaba para poner en quinta, que empezaba a trotar.

Veía pasar el gallinero de atrás de la casa de Loli como una ráfaga y llegaba al camino feo del tapé po’i donde pegaba un salto porque entré muy rápido y no pude esquivar la montañita de pasto. Miré por el retrovisor y ví la polvareda que quedaba atrás al entrar al camino de tierra.

Cerca de la iglesia San Miguel, se subía la chipera con su canasta. Su chipa tenía el queso quemadito que sobresalía. Era parecido al grano de Doña Delia.

En el patio de casa, una mañana me decidí a trazar caminos en la tierra. Rutas que tenían bifurcaciones y sus correspondientes carteles. Un ladrillo apoyado en forma vertical sobre la arena, tenía dos flechas, dibujadas con carbón, y la inscripción sus destinos abajo: “Caacupé” y “Caaguazú”. El primero me llevaba hacia el aguacate de papá y el otro pasaba por la mandarina de la esquina de la casa.

Me puse mi camisa de chofer. Celeste. Mamá le puso unas tiritas en el hombro. Me sentía un verdadero Papá Pitufo. Para el recorrido, debía tenérmela puesta. Felipe se apoderaba de mí de forma visual. Haciendo los sonidos del motor, del freno y los cambios durante el recorrido, cuando subía un pasajero, paraba abriendo la puerta moviendo la manija con la mano izquierda y haciendo “pssssssssss…” abriendo los labios y poniendo la lengua atrás de los dientes, mientras se abría la puerta delantera.

Cuando fui más grande, nos regalaron a Juan Pablo y a mí nuestra primera bici Caloi Cross celeste con las tazas blancas. Ahora Felipe se metía dentro mío y yo ya tenía ruedas que controlaba con los pedales.

Las responsabilidades eran otras. Tenía que poner señalero porque la cosa se ponía peligrosa. Ahora también entendía porqué Papá Pitufo esquivaba la arena. Felipe me enseñó las técnicas para andar en bici con una mano, así podía hacer los cambios mientras aceleraba con el pedal.

No había caso. En el empedrado no se podía andar rápido. Siempre que podía, elegía andar sobre tierra. Las distancias en bici eran diferentes y no se limitaba al almacén de Doña Delia. Ahora ya podía ir hasta la panadería o a “La Caaguaceña”, lugares que me estaban negados por la distancia de caminata.

A la vuelta, traía colgado del manubrio derecho, los bolsos que alzaba la señora cuando se subía. Acomodaba para que no me moleste al apretar el freno. Sobre la bici, me costaba un poco más llegar a quinta. Es más, creo que sólo dos o tres veces me fui con una velocidad que amerite mover la palanca hacia atrás como índice de máxima velocidad.

A veces, todavía prefería los viajes con Felipe a pie. Eran más reales. Con la bici ganaba más velocidad, pero no me podía concentrar al cien por ciento en el retrovisor o girar la perilla para abrir la puerta trasera.

Llegó la adolescencia, nos mudamos a vivir al centro. Ya no había camino de tierra, entonces el camino era propicio para ir hasta La Negrita en quinta. Me era mucho más complicado ocultar que Felipe estaba conmigo. Podía ser la pelada más grande que alguien vea que mientras camino hago chasquidos y muevo la mano para hacer el cambio.

A los diecinueve, presencié una discusión en la que el chofer del veinticiete le echó del colectivo a un asaltante a las dos de la mañana en Herrera y Yegros. A los veintitres, en un viaje de domingo a las dos de la tarde en el doce, no había nadie en el colectivo, salvo dos tipos que estaban sentados a dos asientos míos hacia atrás. Uno de ellos se sentó a mi lado apoyó el caño frío de su pistola sobre mi panza y me dijo “Calladito, dame tu mochila”. Entendí porqué no debía sentarme lejos del chofer bajo ninguna circunstancia.

Mi auto es un Asia Towner con el volante como yo quería, en forma horizontal, sin nariz y la rueda delantera detrás del chofer. Un minibus con tres hileras de asientos y un metro y medio de largo. Cuando yo imaginaba mi auto lo veía así. Pero no sabía que me iría a causar tanta emoción tener, mucho tiempo después de haber comprado el auto, a siete pasajeros adentro del auto. Miré por el retrovisor y ví un pasillo en el medio con mis compañeros de teatro sentados a los costados.

No sé exactamente cuándo fue la primera vez que le ví. Tampoco sabía que seguía estando conmigo, a mis veintiocho años. Ni siquiera sabía que existía.

« | »

Un comentario para “Felipe”

Lápiz de papel

Felipe

Sobre el lápiz

Textos azarosos