Sentada frente a su plato de arroz, me mira a lo lejos. En realidad no alcanzo a ver sus ojos. Presiento que me mira. Del verbo sentir. Antes de sentir. Entonces puedo usar sé. No sé porqué. Pero lo sé. Con certeza.
Mi vaso de coca tiene los dos hielos recostados a un borde del vaso. Las burbujitas chispean arriba, como hormiguitas que finalmente salen del zambullido eterno. La sombra del vidrio se proyecta en la pared. No me saca los ojos de encima. Alcanzo a ver que arruga su frente y desvía la mirada cuando quiero hablarle.
Con la muñeca me saco la sal de la boca. Las migajas gotean sobre la mesa. Quedan esparcidas. Se mezclan con unas escamas de caspa. Todavía no encuentro un shampú que lo extermine por completo. Por eso uso remera roja. Para que no sea tan evidente la sequedad de mi cabello.
Con el filo de las manos, junto el polvo blanco haciendo una montañita. Discretamente, la acomodo al borde y con el codo la desparramo al piso. Con la mirada en alto, veo cómo la lluvia de nieve llega, sin prisa, a las baldosas. Menos mal que son blancas. No se ven.
Recargo el vaso. Ya no me miraba. Hago un esfuerzo por ganar su mirada. Y no pasa nada. No puedo borrar de mi pantalla la escarcha blanca manchando el piso.
Solamente yo la veo. La siento. Lo sé.
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