Sentado en el banco verde, alcanzaba a escuchar la cigarra retumbando entre los silbatos de policía. Levanté la cabeza a mirar el cielo que se abría para saludarme en la mañana de sábado. El cálido fresco ya pedía por agua fría.
Me acerqué a la señora que me dijo que eran cuatro remedios por mil. Me pasó la guampa y partió el hielo para ponerlo en la jarra de plástico verde y le pasé mi selección. Koku, menta’i, santa lucía y para-para’i, para la presión. Enjuagó el mortero y enseguida empezaron los golpes, comentándome que no suele venir los sábados, pero en enero hay muchos turistas que vienen a tomar tereré.
Volví a mi asiento, apoyé la jarra en el piso haciendo un lugar entre las hojas esparcidas. Golpeé la guampa acomodando la yerba para meter la bombilla. Cebé un chorro del agua verde. Me recosté.
Sentí que alguien se sentó a mi lado. Una pollera azul cubriendo unas piernas verdaderamente blancas se acomodaron del otro lado de la jarra. Me miraba fijamente a los ojos, con una sonrisa tierna. Parecía una nena. No me dijo nada. Me miraba. “¿No querés una flor?” me preguntó. Por su timbre de voz, confirmé que no era tan joven como parecía. “Cinco mil nomás. Traje del cementerio” me dijo sin perder la sonrisa en sus ojos.
Quise saber cómo se llamaba. Miraba a sus pies demostrando algo de inseguridad. Le ofrecí un tereré, no lo rechazó. Me dijo que tenía mucha sed, que hace rato caminaba. Me confesó que nunca había salido a vender nada. Pero ese día sintió la necesidad de ver al mundo con otros ojos. Se despojó de sus miedos y se lanzó. Con la mirada perdida, me contó que nunca había visto un sol tan lindo y que no esperaba que Asunción tenga tan lindas hebillas en plena calle Palma. Yo le miraba asombrado. Su blusa naranja le quedaba holgada. Me agradeció el tereré y dejó una flor en el banco.
Entendí que de alguna forma, saciaba la sed de alguien que tomó la determinación de elegir un ángulo más desde donde ver la vida. Sabiendo que siempre podemos descubrir por nosotros mismos lo que la ciudad esconde.
La flor lila ahora está a mi lado. Sacia mi sed.
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Qué lindo privilegio el tener personas que ayuden a saciar nuestra sed, y que nos tomen de la mano para descubrir y mirar con otros ojos las cosas que muchas veces pasamos por alto, esos pequeños detalles casi imperceptibles, que son las que enriquecen nuestras vidas. Personas que, cuando nos hace falta, nos dan ese empujoncito alentador para que podamos descubrir ante nosotros un mundo lleno de colores, olores y ruidos que antes no percibíamos por tener cerrado casi siempre el corazón, por darle prioridad a la razón. Mis ojos empezaron a ver otros colores, todavía no los distingo bien, y aun estoy pensando en qué nombre ponerles. Pero ya empecé… Gracias a una persona que calmó mi sed.