Desde un comienzo, el teatro no hizo más que llenarme de sorpresas, superando metas que nunca tracé. Desde las más simples hasta las más sublimes.
A cuatro meses de empezar la carrera, me eligieron para ser sonidista e iluminador en “Hombres en escabeche”, una obra dirigida por Agustín Núñez con las actuaciones de Hernán Melgarejo y Natalia Nebbia. Maravillado ante lo que veía en los ensayos y las funciones de esta puesta, aumentaba mi sed de vincularme a lo que estaba empezando a hacer.
Sin que pase mucho tiempo, estaba escribiendo guiones en un taller de radioteatro, trabajando con Agustín inclusive en las grabaciones dentro del Buen Pastor. Es inmesurable la cantidad de vivencias que se gana viviendo dos horas semanales durante seis meses con las internas de una cárcel de mujeres, compartiendo con ellas su tereré en vasito de plástico, tomando noción del concepto real de la libertad.
“Hombres en escabeche” seguía de gira, convirtiéndome en el asistente de dirección de la obra, superando a través de la puesta otras metas personales. Yo que siempre quise ser chofer, me encontré en la ruta, mirando al elenco y sus acompañantes desde el retrovisor de mi mini-colectivo, que cargaban yerba a la guampa.
Empezando el proceso de mi tercer año en la escuela, fui designado ayudante de cátedra del segundo año. La experiencia de compartir conocimiento enfrenta a nuevos desafíos, aumentando la emoción de ver el crecimiento de los alumnos a lo largo de un año en el que nuevamente, otros descubrimientos adquieren valor.
Sin querer, sólo un poco más adelante, estaba escribiendo guiones para una serie de televisión. La meta tácita que había nacido en el Buen Pastor, se había superado ampliamente, al ver cómo los personajes tomaban vida detrás de una cámara.
En los viajes de Hombres en escabeche al interior, Hernán siempre llevaba un equipo de termo y guampa, regalo de sus alumnos de primer año. Aquel horrible termo gordo con dibujos de color verde era resultado de un largo año de trabajo. Sin embargo, yo no hacía más que mirar con ternura a esa cosa que pasaba de mano en mano, a través del retrovisor. Pensé que alguna vez me podría ocurrir algo parecido. Soñaba alto y lejos. Hasta llegué a pensar que no me importarían los dibujos que tenga.
De la nada, una semana antes de la última puesta del trabajo de segundo, me entregaste un termo de cuero con porta guampas. “Este es para vos. Vino cargado con hielo y agua y todo”, me dijiste. Se me subió un nudo a la garganta. Una vez más, Hombres en escabeche volvía a mí. La temporada terminó hace un tiempo. Y recién ahora el mini-colectivo estaba listo para otro viaje. El chofer ya tiene tiene su propio tereré.
Volví la vista al termo, y bajé la cabeza para que no vean mis ojos mojados. El cuero que envolvía al termo flaquito, no tenía ninguna inscripción colorida. Ví pasar cada una de las clases en la que trabajamos y el proceso por el que cada uno de ustedes pasó durante sus propios descubrimientos en el arte de la actuación. Recién ahí entendí que nunca importaron los colores ni el diámetro en un termo.
No hacía falta Belén. No hacía falta que le pongas hielo y agua. El termo, de por sí, ya venía cargado.
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Amor tereré?
Que bella experiencia si se le puede decir así.
un gesto vale mas que mil palabras( se dice)talvez tuviste mas gestos y a la Belu le falto palabras(cosa que no le hace falta),ja ja, me hace acordar la vez que en clase hable del computador y nadie entendio (creo que ni yo),,, capaz ahora tampoco, no importa, es segun el cristal de donde mires o la perspectiva, o tu estado de mundo, no importa, gracias juan , gracias Belen…