Sobre el lavadero, descansaba la base cortada de un bidón de aceite de cinco litros. La acomodé debajo de la manguera larga y abrí el grifo. El chorro hacía burbujitas mientras caía sobre la vasija plástica amarilla. Dejé que el agua rebose hasta el tope y cerré la canilla. Con las dos manos levanté el plástico lleno de agua, cuidando mis movimientos para que no se escurra ni una gota por los costados. Con la lengua apretando mi labio superior, me bajé de la sillita y empecé la caminata de equilibrista hasta el fondo de la casa. La tierra marrón se metía entre mis dedos a medida que avanzaba. Todavía no encontraba un mecanismo para no mojar mis pies en el trayecto.
En una de las esquinas del patio, por detrás de los alambres entrecruzados, se agolpaban a mirarme abriendo los ojos todo lo que podían. Apoyé la vasija en el piso para abrir el cerrojo. Metí el agua lo más rápido que pude para que ninguna de ellas se escape. Cerré el portón, ya con el tarro adentro sin que ninguna salga. Me agaché para pasar por debajo del poste que cruzaba en diagonal, de rincón a rincón. Todas me seguían, mientras el volumen de los graznidos aumentaba. Sobre una tabla, en el piso, apoyé el bebedero con agua hasta la mitad.
Desde atrás, abriéndose lugar entre el resto, se acercaron desde mis dos preferidas. No tenían cresta. Pero sobre sus cabezas, relucían sus peinados al estilo Calculín que las identificaba. Una de ellas era mbatará, de color blanco y negro. La otra era roja con la punta de las plumas plateada. A la roja le puse “Calvin Klein” y a la mbatará “Ocean Pacific”.
Apoyaban sus picos sobre el agua durante un tiempo que nunca sabía definir cuánto duraría. Levantaban el cuello, pestañeando dos veces de seguido mientras sentían cómo el agua llegaba hasta su panza. Tomaban cuatro o cinco sorbos más, para después alejarse del grupo y sacudir su cuerpo estirando sus plumas. Parecían no tomar conciencia de mi presencia. Ni me miraban. Eso aumentaba su grado de realeza.
Con la misma cautela con la que entré, cerré el portón y las miré desde afuera. Los dos gallos con crestas y papadas rojas gigantes eran los que sí me miraban fijo. Fueron los únicos que percibieron mi visita, agradeciendome el agua con su ritual de extender las alas, parándose en puntas de pata.
Las reinas ni se inmutaron con mi salida. Calvin Klein tenía la mirada lejana, con un ojo a medio abrir, haciendo cara de importante. Ocean Pacific me miraba de costado. Hacía que no me miraba. Pero yo sabía que sí lo hacía. Era un código que ya estaba asumido entre nosotros.
Imitando un cacareo, me despedí de ellas esperando una respuesta. Alguna de las gallinas respondía a mi saludo bajando el cuello en señal de reverencia. Alguna, menos ellas dos que nunca lo hacían.
Giré la cabeza, listo para emprender mi estampida al otro lado de la casa. Dí dos pasos en falso fingiendo correr. Volví la mirada al gallinero. Cada una de ellas ya estaba en lo suyo. Corrí para el otro lado de la casa. Ya podía seguir jugando tranquilo. Ninguna de las dos reinas tendrían sed durante el resto del día.
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