Sólo sabíamos que debíamos adelantarnos al suceso. Teníamos nada más que una fecha aproximada en la que iría a ocurrir y no debíamos equivocarnos en la elección del souvenir adecuado. No podía ser un chiche más. Él representaba un símbolo de vida para nosotros y nos apoyamos en el concepto de que mucho iba a caminar en la vida. Alguna vez sabríamos si era la opción correcta.
Tomamos la decisión y, al siguiente sábado, destinamos la mañana a caminar por La Recova para recorrerla negocio a negocio, queriendo encontrar algo parecido a lo que pensábamos. Una de las vendedoras nos mostró exactamente el que buscábamos. Lo agarraste entre tus manos y lo acariciaste. Cabía perfectamente en la palma de tu mano. Te brillaron los ojos y me dijiste “Sí, este es”. No dudamos. Le pedimos cincuenta, con la condición de que le saquen el prendedor de llavero. Le entregamos el papelito con la inscripción que debían llevar las sandalias de cuero en miniatura. Decía una sola palabra:
Facundo
Con el hermoso sol de esta mañana y la excusa de estrenar el auto nuevo de papá, salimos a viajar con Facundo. Ni siquiera te conté que íbamos a irnos. Juan Pablo de copiloto y Facundo atrás, en el medio de papá y mamá.
Entre los asientos de adelante, en el monedero, vió un billete de dos mil, lo levantó y con una sonrisa, se lo mostró a su abuelo. Papá le dijo que podía guardarlo para él. Lo dobló en cuatro, levantó la cola y lo guardó con mucho cuidado en su bolsillo de atrás.
Entramos a un supermercado. En la zona de artículos de librería, agarró unos lápices de color rojo amontonados. “Mirá. Un lápiz de papel”, me dijo mientras los tocaba uno a uno. Los miró detenidamente y sintió las puntas afiladas en la yema de su dedo índice. “¿Porqué le pusiste lápiz de papel?” me preguntó.
Usualmente, evito responder a esta pregunta. La contesto diciendo que la respuesta está en el mismo prólogo del blog, para que así el propio lector saque sus propias conclusiones.
Pero esta vez, tenía frente a mí un inquisidor al que debía simplificarle la verdad, sin ocultársela y explayándome lo mejor que pueda. Tomé aire mientras armaba la explicación. Él ordenó los lápices y cambió la vista a las reglas que estaban en la cajita de al lado. Se adelantó a responderme. “Porque te gusta, ¿verdad?”. No le pude decir nada. Me agaché y le dí un beso en la mejilla. Siempre él termina teniendo la verdad mucho más clara que yo.
Ya en Atyrá, cada uno de nosotros buscaba alguna cosa que pudiésemos llevar. El calor de la siesta no se sentía bajo el techito de la feria de artesanos. Papá y Juan Pablo se probaban zapatos. Mamá miraba carteras y yo buscaba entusiasmado, un bolso. El olor a cuero parecía seducirnos a las compras. Facundo se acercó a mí y me tocó la panza con su dedo. “Papá, yo quiero llevarle este a mamá” me dijo. “Dos mil cuesta”, me aclaró mientras me llevaba hacia el medio. Me mostró un estante y le hice señas de que sí, podía llevarlo.
Apurado, volví a la búsqueda inicial, como si alguien más vaya a llevar ese bolso que a mí me gustaba. Entre las correas de los bolsos colgando, ví cómo Facundo metió la mano en su bolsillo de atrás y le entregó su billete a la vendedora. Se quedó parado esperando frente al mostrador un rato más largo de lo normal.
Lo perdí de vista, hasta que escuché que venía corriendo hacia mí. Extendió su brazo y con una sonrisa me mostró su adquisición. Una sandalia en miniatura, con el anillo propio de un llavero. Atónito, lo agarré. Lo puse en la palma de mi mano y ví la inscripción pirograbada. Decía una sola palabra.
Adri
Aquel souvenir, se había convertido en algo mucho más que el recuerdo del nacimiento de Facundo. Era el punto de inicio de alguien que iba a caminar con nosotros, muy de cerca, devolviéndonos con tan sólo una sonrisa la emoción de ver a un hijo, siete años después, contándonos una realidad que nos cuesta creer.
Una vez más, este chico nos demuestra que tiene la verdad mucho más clara que nosotros. Y se rehusa a contárnosla. Simplemente, nos la demuestra.
La vida da vueltas. Tarde o temprano nos responde las preguntas que quedan volando en el aire. Esta vez, nos cuenta que sí Adri. Aquel souvenir, estuvo bien elegido.
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Muy emotiva tu inspiración, Rubio. Un relato descriptivo y bien llevado, que por cotarnos muy de cerca, apreciamos más aun su fidelidad, cargado siempre de emociones que contagian.
Un beso
Tu papá.