Un rey

Martes, 6 abril 2010 | 2 comentarios

Con el dedo dibujé un círculo grande que delimitaba la ciudad. Dentro de la circunferencia, arrastré el brazo a ras del piso, alisando lo mejor posible el sector. Durante el barrido aparecían las raíces arruinando el aplanado perfecto. Las agarré con las puntas de los dedos, cuidando de no dejar marcas en la tierra recién pulida.

Apoyé la cola en el piso. Con una mano traía la arena de afuera hacia mí. Juntaba las palmas una al lado de otra, arrojando la tierra roja hacia el medio. Con las piernas dobladas, sentía que los granos se metían dentro de mi short a medida que crecía el montículo central.

A la montaña bien alta, le dí una forma más o menos rectangular, apisonando la tierra con los puños, golpeando y compactándola con sonidos secos. Pos pos pos pos. Afiné los bordes. Tomé un palito para dibujar las ventanas y puertas del castillo donde yo vivía. Con el dedo índice y el del medio abiertos, dibujé el camino que traía a los caballos hasta mi casa.

La luz del sol que entraba entre las hojas del mango, daba directo a la ventana de mi pieza. Adentro estaba mi cama grandota. Abrí la cortina que la cubría. Las sábanas rojas lucían espléndidas haciendo juego con las almohadas gamuzadas. Yo estaba ahí acostado. Con las piernas estiradas, un tobillo sobre el otro y las dos manos por debajo del cuello. No podía levantar mucho la cabeza. Mi corona dorada brillaba sobre mi cabeza. Vestida de blanco, entró alguien a mi habitación. Sobre una bandeja de plata, traía una copa. Extendió su brazo y me dijo “Señor Rey, ¿se sirve un vaso de agua?”.

Una hormiga se metió entre mis piernas, abriéndose camino rumbo a mis nalgas. Me levanté de un tiro. Con sacudones secos agité mis pantalones, metí la mano dentro de mi calzoncillo, y sacudí toda la tierra que entró. Ya que me paré, aproveché para correr hacia adentro de la casa y confirmar que mamá seguía durmiendo la siesta.

Con los brazos atrás, levantaste la mirada y me dijiste “¿Tenés sed?”. Estiraste tu mano derecha y me diste agua. Te sonreí. No pude mover mi cuello. Supuse que no me entenderías. La corona me pesaba.

Juré que también traías una bandeja de plata. Miré las hojas del mango a través de la ventana y ví mi sonrisa de niño brillando con la luz del sol. Este es sólo uno más de tus gestos conmigo. Que me hacen sentir un rey. Aquel mismo rey.

« | »

2 Comentarios para “Un rey”

  • Dino dice:

    Muy bueno… Es impresionante como sabes transmitir una imagen y luego llevar a nosotros, tus fieles seguidores, a otra imagen que es la ‘realidad’ de aquella imagen que inicialmente transmitiste. Felicidades, segui asi, Doc. Un Abrazo.

  • Jorge dice:

    clap clap clap… aplausos para un gran escritor

  • § Dejar un comentario

Lápiz de papel

Un rey

Sobre el lápiz

Textos azarosos