Me resbalé sobre el piso de la vereda de layota. El golpeteo de las gotas sonaba por sobre la tela del paraguas. Tenía los pies húmedos y la media mojada. Aún con toda el agua alrededor, tenía sed. No, no era sed. Era antojo. Coca de vidrio. Tenía que tomar coca en botella de vidrio. No dudé mucho. Entré al primer comedor que encontré.
“¿Coca de mil no tenés señora?” le pregunté, sacudiendo los pies sobre una alfombra con las cerdas mordidas por ratones. Movió los ojos para mirarme con duda, tratando de disimular su cara de enojada por detrás del mostrador. Tardó, pero me dijo claramente: “¿Tenés mil?”. Le mostré mi moneda. Con esfuerzo, estiró simultáneamente su brazo y su dedo índice, señalando la heladera. “Coca, abridor, pajita”. Con cada palabra cambiaba la dirección de su brazo, indicándome la ubicación de cada elemento, para terminar estirando todos los dedos y dejando la palma de su mano hacia arriba.
Deposité la moneda y seguí las instrucciones indicadas, desplazándome por tres esquinas del comedor, esquivando mesas y sillas en el camino. La pizarra estaba en blanco. Pero no era difícil adivinar que el menú del día era pollo al horno. A juzgar por el olor, yo diría que era piel de pollo al horno.
La prisa por saciar mi antojo no me dejó ir por la pajita. Apoyé la boca de la botella sobre mi labio inferior y la incliné con apuro. Con el primer trago, descubrí que un muchacho de kepi rojo estaba sentado en una de las mesas, haciendo juego con el mantel a cuadros. Salí al corredor, para sentarme en las sillas que miraban al comedor, bajo el toldo también a tono con las mesas. Las gotas de lluvia caían a mis espaldas. Tenía un plano completo del comedor.
Con mucha dificultad, la señora salió por el pasillo del mostrador. Con voz gruesa, dijo: “Y vos sabés que me llamó un poco ayer”. Avanzó dos pasos. Ahora con el codo doblado, estiró el dedo índice señalando al kepi. “Y por su cara le corté”. Había furia en sus ojos. Para ella, era una tarea difícil mantener el orden de las mesas. Se tropezó con el respaldo de dos sillas que estaban de espaldas entre sí. Era lógico. Ella tenía dos metros de radio.
Apoyó las manos sobre el mantel, tomo aire y le habló al hombre: “Qué se cree. Ahora katu quiere quedar bien conmigo. Pero qué arruinado”. Giró la cabeza hacia mí y me dijo: “¿Verdad muchacho?” mirándome fijamente. Me quedé helado. No eran mis pies fríos. Sin titubear y con espantosa seguridad, por miedo a salir herido, le respondí instantáneamente: “Verdad que sí”.
Quise apurar el trago, pero pasaba muy poco líquido por la boca de la botella, que parecía más chica que nunca. Yo buscaba denodadamente disimular mi pavor. La señora se acercó lentamente hacia mí. “¿Por qué lo que ustedes los jóvenes de ahora son todos así?” mirándome fijamente, poniéndose en plan de esperar una respuesta.
Tragué saliva. Volví a levantar la botella con cautela para retrasar mi respuesta. La coca no bajaba nunca. No podía escuchar la lluvia. El silencio era abrumador. Aún más que la mirada fija sobre mis ojos. Mi vida dependía de una respuesta. Corría el riesgo de terminar convertido en piel de pollo, en el menú del día, sobre el mantel a cuadros. Conté. Uno. Dos. Tres. Lancé. “La vida ko en algún momento te devuelve todo señora, no te vayas na preocupar”. El disparo fue contundente. A medida que las palabras salían de mi boca, jugaba a saber cómo se veía la esfera de la señora a través del vidrio, desde dentro del horno.
Todo su cuerpo respondió al instante. Giró sobre su eje, moviendo toda su masa muscular hacia el kepi que ahora estaba desteñido. “Este mita’i ko cree todavía en los reyes” dijo, lanzando una feroz carcajada.
Agrandé el diámetro de mi garganta todo lo que pude. De un tirón, derramé media botella de coca dentro de mi cuello. Era ahora o nunca. Mientras ella estaba de espaldas, apoyé la botella sobre la mesa y tomé el paraguas para seguir camino.
Todavía no sé si escuchó mi tímido agradecimiento bisilábico. A medida que me alejaba, se achicaba el sonido de sus pasos y volvía el sonido de las gotas. Yo seguía teniendo frío, mucho frío. Pero mis pies estaban calentitos. Visualiaron muy de cerca el juguito burbujeante, el olor de las papas y el calor del horno.
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