Llevé el pie derecho adelante. Sosteniéndome de la pared, avancé dos pasos más cerciorándome que me siguiera el ritmo. Apoyé la mano sobre un auto estacionado al borde de la vereda casi en la esquina y me preparé a iniciar el descenso. Me tomé un tiempo, para dar dos respiraciones profundas y seguir camino. Bajé el pie izquierdo con la mayor soltura, con la mano apoyada sobre el capó. Un rato más tarde logré tener los dos pies sobre el asfalto. Volví la mirada. Ella estaba por llegar.
Se acercó al borde, le tomé de las manos. Me miró enojada. Me sostuve con sus hierros y volví a tomar respiraciones. Hice girar las ruedas delanteras, y con mucho cuidado, para que ella no se cayera, las ruedas delanteras rodaron por el cordón cayendo hasta la calle. Ella sostenía firmemente las manijas. Dio dos pasos para adelante así pudimos correr los hierros por delante del auto estacionado. Me ubiqué a un costado de ella y le tomé de la mano. Ella se aferró. Nos miramos mientras tomábamos aire. Ella dió el empujón inicial hasta que logró bajar un pie, quedando la otra rodilla doblada, esperando avanzar. Se aseguró de estar completamente apoyada en el andador para animarse a levantar el pie. De un golpe seco, el otro pie también ya estaba en el piso. Suspiró.
Me apresuré a avanzar hacia el otro lado de la calle, apoyando mi mano sobre la chapa caliente del auto estacionado. Dí dos pasos, lo más rápido que pude, posicionándome sobre la cebra peatonal. Después que pasaron dos autos mirándonos fijo, le tomé de la mano y empezamos la caminata sobre la calle. Un auto rojo se detuvo a esperarnos. Por suerte, esta vez no nos tocaron bocinas.
Apoyado en el bastón, alcanzamos el otro lado de la vereda. Ahora no había un auto en el que apoyarnos. Me apoyé en el bastón y doblé la pierna para subir la vereda. Volví a girar para levantar el andador y después de otros tres suspiros, estábamos los dos, listos para continuar el último trecho.
Cuidando de no tropezarnos, avanzamos hasta la mitad de cuadra. Levantamos la vista. Metí la mano en el bolsillo del saco y saqué el recorte del diario. Se lo mostré. Metí la mano en el otro bolsillo y le pasé sus anteojos. Le costó encontrar el nombre del teatro entre los clasificados. Faltaban diez minutos. Le tomé de la mano. Sus manos estaban tan arrugadas como las mías. Lo único que brillaban eran nuestros anillos.
No podíamos confirmar el horario. Desde el otro lado de la cuadra, una mujer sentada en unos escalones, se paró y se acercó a nosotros. Le pedí que nos ayude a leer la sección “Salas de teatro” entre todos los apartados. Nos mostró el cartel de arriba. “Teatro Sarmiento” decía el cartel. “Están a tiempo” nos dijo mientras nos entregaba unos pañuelos. Habían unas letras. Le pedí que nos lea. “El amor no se espera. Se vive”. Nos ayudó a entrar al teatro. Mientras mi esposa cruzaba la entrada del teatro, ví que volvió a sentarse en el mismo escalón. Habrá creído que estábamos viejos. Pero no entiende que la edad se lleva en el corazón.
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