Sentado con las piernas cruzadas. En silencio. No alcanzo a ver si sonríe o está enojado. Está borroso. Pero sé que me mira fijo. Siento la presión de su mirada. Me pone tenso. Se pone ahí, sin que yo le busque. Está. Tieso. Omnisciente. Lee lo que pienso. Ve dónde estoy. Tiene la mala costumbre de aparecer cerca de alguna pared. No me deja que lo mire en detalle. Cuando vuelvo la vista a él, desaparece.
Es rubio. Está despeinado. Tiene un conjunto rojo, con tirantes. La piel blanca y nueva. A veces prefiero que no esté. Otras, disfruto de su presencia. O me tiene rabia o me mira con ternura. Inclina la cabeza para mirarme mejor. Apoya sus dos manitas sobre su mentón. Los codos apoyados sobre sus piernas. No quiere asfixiarme. Lo consigue.
Le sorprende que me asuste. Él sabe que siempre estuvo ahí. Desde hace unos años le tengo muy presente. Hasta escribí sobre él. Haciéndome pasar por sus ojos, mirando a través de ellos, escenas que parecía recordar. Nunca me percaté que me miraba. Pícaro. Borroso.
Como un fantasma, sabe de mi ansiedad. De la postura de mis rodillas cuando estoy sobre la cama. Es el único que siente, como yo, la gigantezca soledad en la que zambullo en las noches. Quiero contarle que en verdad no estoy solo. Es un momento nomás. Parte del proceso tal vez. De algún proceso. Que no puedo entender. Porque sé que durante el día me siento verdaderamente acompañado. Hasta cuando sé que no va a llamar. Se ríe de mí. Sarcástico. No puedo leer el porqué de su sarcasmo.
A veces sus bucles bailan con el viento. No me deja estar solo. Ni siquiera sobre el colchón. Se sienta en una esquina a escuchar el sonido de mi respiración. Él no quiere que esté solo. Yo no me quiero sentir observado. Debo aprender a convivir con su mirada. Contínua. Fija.
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