Improvisación

Viernes, 23 julio 2010 | 0 comentarios

Quería dejar que fluyan mis palabras. Y escribí cosas. Escribo nomás, sin sentido. Para releerme después que pase un tiempo y buscarle alguna explicación. Es un ejercicio. Como un ejercicio de improvisación, pero de palabras. Lo publico porque sí. Podés leerlo o no. Es mi ejercicio, que te escribo (te hablo) a vos.

Estoy en la compu con pantalla blanca, puse calefactor para mis pies porque tenía mucho frío en mis pies. Quiero hacer el desglose del ruiseñor otra vez para definir los actores, para enviarle nomás ya a esta señora. Como maní, que está al lado izquierdo de la compu en una bolsa de plástico. Mis ojos están pesados, tengo mucho sueño. Los dos focos del están prendidos en la sala (¡los dos! no me había dado cuenta) más el velador que le da calorcito a mis dedos. Muerdo, muerdo y muerdo los maníes. Eso lo que da gusto del maní, que se queda en la boca, en vez de chicle. Me parece que nunca dije que me gusta mucho el maní, ¿verdad? Sí, porque conté que me gusta el Mantecol. La mesa de la sala está con el mantel rojo navideño sobre la mesa, ayer pusimos con Nata. El sombrero que llevé al ensayo está más al fondo del escritorio. Está el clip con una punta doblada que uso para cambiar el chip del iPhone. Como en el iPhone suena mal, cambio al otro para llamar. Después, todo el tiempo veo internet, y vuelve el personal al iPhone. Implica que si vos me llamás, tiene que estar en el Tigo, y si yo te voy a llamar, tiene que estar el Personal. Si vos me llamás y yo perdí tu llamada, para devolvértela tengo que cambiar de chip en ambos teléfonos, y viceversa. Eso nunca dije. No es que me sea relevante en la vida. Sino, me da gusto esas cosas que los seres humanos hacemos inexplicablemente mal, conformes y sabiendo que está mal, pero se conviven con esas cosas porque son costumbres asumidas.

Estoy tomando un vaso de Terma con Coca. Prendí un cigarrillo con un encendedor verde. Mis cigarrillos son Chesterfields. El iPhone apoyado a la derecha del mouse, a la izquierda del cenicero. Algo que conservo es la estructura de mi escritorio de trabajo. Tengo mucho cuidado con “hacia qué lado va qué” de acuerdo a la comodidad, que no tenga que levantarme mucho. Soy súper defensor del orden corporal a la hora de estar frente a la compu. No me acuerdo el nombre de esa ciencia. A través de la luz del velador se ve el humo del cigarrillo. Flota. Como un pájaro. ¿Será que uno se tiene que quemar para poder volar?

Una de las cosas que aprendí el año pasado es que el punto de los signos de interrogación y admiración, ya son puntos finales, en el caso que así lo sea. “¿Cuando nos vamos?. Mañana” es incorrecto. “¿Cuando nos vamos? Mañana” es el correcto. Soy súper maniático de la ortografía. Me gustan mucho las curiosidades de la ortografía. Me gustan los diccionarios. Tengo muchísima afinidad con ellos. Cuando era chico, mis tías se reían porque yo “leía el diccionario”. “Por eso yo sabía tanto”. Pero de verdad yo leía las palabras. Yo tenía un diccionario Aristos de color verde con las hojas medio marrones.

Tengo frío en mis piernas. Abrí la puerta del balcón un poquito, para que salga el humo del cigarrillo y del sahumerio que prendí. Prendí el sahumerio antes de sentarme en la compu. Estoy sacudiendo el terma dentro de mi boca para sacar todos los pedacitos de maní que quedan entre los dientes. Me encuentro con algunos pedacitos de maní y los mastico para seguir sintiendo su sabor cuando los muerdo con los colmillos.

Levanto la vista a la pared y veo el pilar. Arriba unas fotos. Tengo que doblar el cuello para verlas. Siempre busco mirar fuera de la pantalla a cada 30 segundos, porque no es bueno mantener la mirada fija por muchísimo tiempo, ayuda a la desconcentración. No hace falta mover el cuello. Simplemente, cambiar la dirección de los ojos para que puedan hacer foco en un lugar diferente. A veces leo la marca de la compu que está abajo, y eso por ejemplo, es elocuente en el ojo cómo cambia el foco. Se siente luego físicamente. Después podés bajar la vista a tus dedos o la parte de adelante de la notebook, o hasta inclusive tu panza, hasta un poco más arriba del pecho, después ya duele subir. Todo eso porque estoy con el cuello doblado hacia la derecha. Mientras hago todo el ejercicio de los ojos, tengo que pensar en enderezar el cuello y me pongo derecho, o mirando al otro lado.

Me pica la barba. Tengo que rebajármela. Golpeo mi pie derecho con un ritmo constante sobre la pata de la mesa. Ese ritmo es disociado del tecleo de las letras. Se mueve independiente, pero cuando pienso se enquilomba la disociación. Si no pienso, de verdad que funciona. Ese es un estado argel de la disociación. Hay que perder el estado de la lógica y dejarle al cuerpo que se mueva. Pongo mis manos frías en el cuello, para calentarle a mis dedos. A mi cuello le gusta que vengan las manos frías. No es que las rechaza, les da la bienvenida luego. Y las manos, por supuesto que la reciben con calorcito. Ese es un ejemplo de comunión en el cuerpo. Hay veces que dentro del mismo cuerpo, hay cosas que se complementan cuando hay conflictos.

Estos son los conflictos. ¿Cuando hay una dificultad? No necesariamente. Es cuando hay una pregunta a algo que no hay respuesta. Esa en realidad es la definición de conflicto que siempre se suele entender como “problema” dentro de un texto. Ese es es un concepto absolutamente mío. Tal vez por eso me cuesta tanto escribir un cuento. Porqué no sé encontrar el conflicto. Siempre me parece que está todo bien, que no hay una estructura armada, que no pasa nada. Cuento nomás cosas. Así como ahora, solo que ahora es adrede tratar de escribir más rápido que el cerebro y acercarme con las manos a su velocidad (por supuesto, siendo sumamente estricto con la ortografía).

En la Mac, “Manzana S” es para grabar un documento. Mientras tecleo, si me toca pensar un ratito cómo voy a articular la palabra, aprieto esta secuencia de teclas para que se grabe el documento. Esa es otra cosa instaurada que ya hago totalmente inconsciente. Es como una “buena costumbre” para no perder textos. Tantas veces ya me pasó. Siempre uno se queda con la idea de que al final, escribiste mejor ordenado lo que habías perdido, pero perdió la sensación de espontaneidad del texto, que creo que es lo que más gusto da leer. Me parece que cuando se ordenan las palabras, antes de ponerlas, ya se pierde muchísimo sabor de autenticidad. Me gusta mucho cuando los textos son así. Este es el estilo de este muchacho mi ídolo, Hernán Casciari.

Hoy pensé en momentos del año pasado, en los que yo me veía como un pendejito. Ahora creo que soy “mucho” más maduro que aquel entonces. Siempre pasa eso en el proceso de la vida. El punto es, ¿dónde está la línea donde uno se ve más “crecido” que los últimos tiempos? Cuando yo tenía 20 años, pensaba que cuando tenía nueve era mucho más maduro. A medida que se va creciendo, ese tiempo se acorta. Hay como “momentos” parece que a uno le hacen crecer de alguna u otra forma. Que dejan como un legado de aprendizaje en la vida de uno. Positivo o negativo. Y después es ¿qué tan más maduro soy que cuando tenía 19? ¿Y de cuando tenía 15? O de cuando tenía 5.

Quiero estudiar piano. Muchísimo. Demasiado quiero poder tocar el piano. De todo corazón. Siento que le voy a entregar mi alma cuando le toque. Pero ahora que pienso, parece que a todas las cosas que me importan luego siempre le entregué mi alma. Mi trabajo, mis estudios, mi familia, mis parejas, mis amigos. Me refiero a que, como que cuando hago algo, hago cien por ciento por convicción. No porque me lo hayan impuesto o que lo haga con rabia. Eso por ejemplo es algo que veo que muchísima gente, que creo que es nocivo para el que lo hace. Desde que tengo uso de razón. No me plagueo yo tanto.

Tengo mucho sueño. Empecé hace una hora a escribir. Todo lo que escribí arriba se escribió en una hora. Este es el ritmo de lo que escribo por hora. 1577 palabras por hora. ¿Será un ritmo rápido? No me refiero a la velocidad de tipeo, a la del cerebro de producir palabras en una hora, frenado por las limitaciones físicas de los dedos de transmitir tal cual todo lo que el cerebro dice.

Este es un ejercicio de buscar ganarle al cerebro. Escribir lo primero que se piensa, que las ideas vayan saliendo nomás, sin que tengan un sentido aparente. “Improvisación literaria”.  Es esto lo que hay que hacer cuando uno tiene una estructura armada. Dejar que fluya nomás, mientras uno tiene la trama armada en la cabeza. Y esa estructura es la que cuesta mucho definir. Creer absolutamente, y visualizar todo el proceso por los que los personajes pasen. Todos los personajes deben ser visualizables. O hacer que lo sean. Por ejemplo “la sinceridad” debe tener una representación visual por más de que carezca de ella. En mi caso: “la sinceridad y la fé son síndromes de un pueblo eclesiástico”. La sinceridad: nubes. La fé: iglesia. Síndromes: cama de hospital. Pueblo: manifestantes copando todas las calles. Eclesiástico: Un sacerdote vestido de papa.

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