Se sentó al lado mío. Era un hada. Con las manos acariciaba las sábanas, vestida de cisne, se preparaba a volar. Ella quería más que eso. Había sal en sus ojos. Se recostó en la cama a descansar. Como si estuviese sobre la arena en la playa. Parecía querer quedarse dormida hasta el amanecer. Extendió los brazos. Los dedos. Clavó sus pupilas en mí. Me sonrió como un acordeón sonando enardecido. Encurvó los labios. Empezaba a formarse el beso, sin perder la sonrisa. Pícara. Levantó los ojos, llamándome. Tenía forma de tigre. La piel, de seda.
De un tirón, sus manos tomaron mi cuello, estirando mi cabeza hacia ella. Presionó sus lábios húmedos sobre los míos. Unas serpientes me sorprendieron apoderándose de mí. Volvió a mirarme fijo. Movió su nariz a un lado, acariciando mis pómulos para llegar al lóbulo. Hizo unos sonidos con la boca y respiró bajito, directo a mis tímpanos. Susurrando, pronunció unas palabras que se convirtieron en mordidas.
Pasó sus manos por mi espalda, recorriendo vértebras una a una. Con sus escamas cubrió cada porción de piel. La percusión empezaba a sentirse. Vientos en el pecho. Recorrió por un segundo ese instante con la mirada. Cambiaba de colores, todos pasteles. Era un gato revolcándose en el jardín, debajo del ventilador quieto. Una transición, una transformación. La tarde se convirtió en mañana. El gato en loba. Teletransportándonos al futuro. Y al pasado. Su olor no tenía anillos. Los tambores anunciaron con fanfarria un imponente espectáculo. Seda acurrucada, arrugada sobre mí. Irguiéndose para transformarse en un baile celestial, los dos mirando al cielo.
Gimió en un grito para caerse en mi pecho, con respiración eléctrica. Los tambores se convirtieron en sonido de pianos. Que sonaron fijo. Ahora era ella la que entraba dentro mío. Aferrándose a mis paredes. Atrevezando mis muros. Fuimos sólo uno. Impercetibles para el mundo. Rasguñando el tiempo que quedaba. Sin cansarnos de gritar. Porque sólo queríamos despertar. Escarbando libertad.
Tendida. Mirando arriba. Ella elegía más agudo. Bajamos al colchón. “Hola” murmuró. Dijo que escuchó una plegaria. De otras letras, en libros anteriores. Me habló de una princesa en el bosque. Que caminaba entre los árboles. Se llevaba bien con la madera. “Cuerpo y alma”, susurró. Estiró un papel, tomó un lápiz y escribió “A veces no son un espejo. Pero quieren despertar en su identidad”. Me lo entregó.
El hada fabricante de fábulas, olfateó mis sentidos. Vino a contarme que una vida existe, donde los locos de colores van de la mano, compartiendo su cortesía. Donde se aplaza la formalidad. Desde el sur vienen lecciones. Los maestros son ellos mismos. Aprenden, aprenden, aprenden. Todos se animan a decir la verdad. No hay miedos. Con pianos de fondo. Hay años. Alternando la paz y la perversión.
Se quedó en silencio. Cerró los ojos. Los volvió a abrir. Me reconfirmaba que sí estaba ahí, que era de verdad. Miró bajito. Bajó los párpados, entregando el peso de su cuerpo al colchón. Se apoderó del espacio. Parecía querer quedarse. Quería bañarse. No esperó. Se convirtió en agua, derramándose por toda la cama. Me escuchó. Se quedó conmigo. Acompañándome en las siestas. En las noches. Era un mago. Terror a la soledad que se esfuma transformándose en un círculo rojo. No hay televisor. No hay pantalones. No hay esperas.
Me dió la mano. Vino a buscarme. A llevar mis sueños a algún lugar. Ese hada existe. Me habló. Parecía querer quedarse. Se va a quedar.
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