Proscenio

Martes, 3 agosto 2010 | 1 comentarios

La sala obscura. Muchas cabezas delante mío se movían de un lado a otro. Arriba, en el escenario, pasaban cosas. El actor dio dos pasos hacia el frente, se acercó al público y exclamó dos frases contundentes, parado al borde del derrumbe, sobre el proscenio. La emoción se presentó ante mí. Sentí su presión en mi garganta. Apretó su dedo gordo sobre mi cuello. Paralizó mi respiración. Los ojos empezaron a picar. Ardían. Iban a brotar lágrimas. Le hice frente a la emoción y le dije “¿Qué querés hacer conmigo? Vos querés hacerme llorar. No lo vas a conseguir. Es una pelada. Yo no tengo que llorar”.

Al salir de la función, ese encuentro me enfrentó con todos mis fantasmas. Yo quería llorar, no debía. Ese maldito actor había hecho que me encuentre con mis propios temores. Sentí una satisfacción ajena. Yo quería ser como aquel muchacho en el escenario, que se apoderó de mi mente, se obsesionó con lavarme la cabeza y dejarme llevar por la emoción.

La lágrima no atravezó la piel. Goteó adentro. Con su espesor denso y pesado, cayó en el medio de mi pecho. Esa gota caló hondo. Me advirtió que ese era el camino que yo debía seguir. El del actor que conmueve gargantas con el temblor de su voz. “Yo voy a estar ahí parado. Tengo que estar ahí”, me repetía mientras caminaba con pasos firmes, saliendo de la sala de teatro, cinco años atrás.

Me levanté de la cama. Bueno, es un decir. Acomodé mejor las frazadas y puse la computadora sobre mis piernas. Aún teniendo toda la mañana para hacerlo, no puedo dormir hasta tarde. Desde que dejé la oficina, tomé el hábito de levantarme temprano para leer las noticias y dar vueltas en internet. No puedo sacarme la costumbre de mirar las páginas webs y preguntarme qué tan difícil fue hacerlas o si yo las hubiese podido hacer. Para ser sincero, no quiero alejarme del todo de las computadoras. El hecho que ahora me dedique de lleno al teatro, muy al contrario de como yo pensaba, me acercó todavía más a ellas, mirando su utilidad como medio de expresión de lo que hacemos.

Mientras calentaba mis pies, refregándolos por debajo de las sábanas, llegué hasta el blog de teixidohq. Una sensación conocida se acercaba a mí. La misma emoción que Agustín Núñez había provocado en mí, poniendo un actor sobre escena, cinco años atrás, había vuelto. Esa cosa que tienen las personas de calar profundo con su trabajo limpio y entregado, presionando la garganta con su dedo gordo.

La vida loca puso colores amarillos en la pantalla. Esta vez no hay cabezas delante. Estoy acostado, frente al proscenio. Un blog y una obra de teatro tienen eso. Hacer que uno quiera estar involucrado en el armado de la pantalla de un escenario. Y estar parado frente a ella. Para ser parte de ese proceso. Estar ahí.

Hoy estoy del otro lado. Para el autor de este blog, soy yo el que está sobre las tablas. Pero él no sabe que vuelvo a querer estar en la pantalla. Con colores y frases contundentes. El escenario es diferente. La pantalla es el escenario. Quiero estar ahí en el medio. Al borde del derrumbe, en pleno proscenio.

Nota del autor
Proscenio: Parte del escenario más inmediata al público, que viene a ser la que media entre el borde del mismo escenario y el primer orden de bastidores. Real Academia Española.

« | »

Un comentario para “Proscenio”

  • Mi rey, te agradezco tanto el concepto y no puedo si no corresponderte en tamaño respeto. Es inspirador ver a gente como vos, “que sigue el miedo” como Del Close (un maestro de tu arte) decía. Gente como vos que deja su pasión más inmediata y su elemento más seguro, para ir detrás de su verdadera pasión, esta vez lejana y con paradero desconocido.

    Así es señor Rolón, perseguidor de miedos: mis respetos, gran admiración y la amistad de siempre.

  • § Dejar un comentario

Lápiz de papel

Proscenio

Sobre el lápiz

Textos azarosos