Las letras finas dibujadas una al lado de otra, demuestran que algún violín empezó a sonar, de la mano de los dedos que presionan firmes. Muestran su obsesión por delatar mis lágrimas fáciles. Sin que sean baratas.
Tengo miedo. De contar mis verdades ocultas. De mis mentiras evidentes. De transformar mi grito de fuego en letras mayúsculas. De sacar el escudo y quedarme al descubierto. Es sólo presionar teclas. No requiere mucho esfuerzo físico.
Quiero sacar esta presión debajo de la garganta, que pide destaparse y explotar en las yemas de los dedos. Que empuja hacia arriba. Que provoca náuseas en los huesos. Para que a través de los ojos yo me entere del campanazo que está sonando en la pantalla.
Pintar una pared o enviar una corazonada, no importa. Es sacarlo afuera. Las palabras acechan, empujándose en el tumulto, desesperadas por salir. Escupitazos de tinta ácidos y dulces, empastelados sobre el papel.
A lo mejor puedo desenmascarar a ese humo que baila sobre mis ojos. A lo mejor no. Tampoco sé si saldrán en el orden que el corazón mande, o si voy a sacrificar mis horas de sueño por aplacar los tontos desafíos que mis uñas proponen.
En realidad, no pasa nada. No es nada de otro mundo. Estoy dando vueltas, evadiendo una misma conclusión. No quiero escribir.
« La lluvia, desde debajo de la frazada | De pies blancos y arrugados »
Juani
me encantó!!! Que buen relato!! Amalia
muy bueno juan antonio vargas llosa……!!!!