Los truenos y relámpagos terminaron. El golpeteo se escuchaba intenso sobre las tejas. La tarde estaba en pleno apogeo y no podíamos dejarla pasar. Busqué la complicidad de Juan Pablo y nos pusimos duros con mamá. Como un rayo, de los que ya no habían, nos sacamos la ropa y nos preparamos para la estampida. Crucé la sala con la malla entre las rodillas, llegando a la puerta de entrada con el elástico más o menos acomodado sobre mi cintura.
La estampida inicial fue delirante. Como si el mundo se fuese a terminar. Corrí, corrí, corrí. El frío de las gotas golpeando sobre mi cabeza me provocó una risa desde lo más profundo. Por todo el patio, desde el frente hasta el fondo de la casa. Las ganas de reír venían de adentro y no paraban. Volví hacia el frente. Me crucé con Juan Pablo que jugaba a alcanzarme, pero no podía. Si no fuese por las cosquillas que el pasto mojado provocaba a mis pies, hubiese dicho que había aprendido a volar.
Bordeando el amurallado, la corrida se hacía cada vez más hilarante, acompañando las carcajadas que mojaban mi lengua con gotas. El agua hacía que me cueste abrir los ojos. El sabor de la lluvia ponía resistencia a mi respiración, entrando por los agujeros de mi nariz. La risa, la respiración cortada y la visión borrosa me llevaron a lo esperado. Un estrepitoso resbalón fue responsable del derrumbe al piso. Me caí de costado. Primero la rodilla izquierda e inmediatamente después, el hombro y la cabeza. Sentí cómo el pasto raspaba mi piel. Dí dos vueltas y quedé tumbado, boca arriba. La lluvia me picaba en los cachetes.
Así como me caí, me volví a levantar, empujado por la risa que no paraba. Ni bien mis piernas volvieron a responderme, sentí un golpe seco en mis piernas. Por el sonido, no quedaba otra: Juan Pablo no se aguantó y pateó la pelota de goma blanca, pintada con manchas rojas, azules y amarillas, para cualquier lado. Su puntería era certera. A él le daba por patear una pelota. Yo no quería dejar de correr.
Con la lluvia convirtiéndose en llovizna, mamá sacó la cámara y posamos para ella. Muertos de frío, sin dejar de reir, nos paramos uno al lado del otro, cada uno agarrando sus codos para protegerse del frío. Por supuesto, la pelota no podía dejar de aparecer en la foto.
La ducha caliente y las piernas temblorosas devolvían el calor al cuerpo. Una remera seca y el café caliente sobre la mesa, burlaban al viento frío que entraba por la puerta de la sala. Los dedos de los pies, blancos y arrugados, delataban nuestra incesante corrida bajo la lluvia.
Hoy, como hace mucho, volví a sentir la lluvia atravezando mi ropa. Sobre la Autopista, desarmando andamios. Ante la ilustre mirada de señores con traje que entraban a sus autos cubriéndose con un paraguas, exploté en una risa inexplicable. Carcajadas que, ayudadas por las gotas, ocultaban mis ojos mojados desde adentro. No me aguanté. Detuve mi trabajo bajo la lluvia de octubre de dos mil diez, y me paré agarrándome los codos. No tenía frío. Mi risa me decía que en algún lado posaban Juan Pablo y la pelota de goma.
Siendo absolutamente franco, desde que dejé de trabajar en la oficina, cada vez tengo menos indicios certeros para responder la pregunta ¿De qué vivís?. Se me van a reir en la cara cuando les responda “De café caliente y ropa seca”. Sé perfectamente que esa risa perversa no conoce el sabor a lluvia. Ni los pies blancos y arrugados de correr bajo la lluvia.
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Buena Juan… está espectacular este relato…