La lluvia, desde debajo de la frazada

Jueves, 7 octubre 2010 | 0 comentarios

Empieza de una, con el crujido de las señoras gotas cantando el ula ula mientras bajan de abajo a arriba y de arriba abajo. Ellas, las gloriosas, vienen campantes, moviendo las piernas con movimientos sexys y medias de red. En su coreografía incluyen pasos de “danza-rock fusion” y “saxofón”. Las luces de flash se encienden por detrás para que puedan dejarse ver por un ratito, sólo un ratito, no sea que se convierta en una sobreexposición de luces para sus ojos. Pero los sonidos de bombos y platillos que las acompañan, llegan a dar un miedo que, ponés la frazada justo por abajo del borde de los ojos, acortás el tiempo de tapado completo. La señora que llega al piso tiene la obligación de hacer un estruendo diferente al anterior. Algunas lo logran. Algunas ni suenan. Otras explotan. Toc tac toc tac toc.

Cuando las cosas están feas, llegan ellos. Los más respetados. Los invulnerables. Los señores granizos. Cada uno baja sentado en un sillón para ser bien vistosos. Ya no necesitan contraluz, pero de vez en cuando se prenden en silencio, muy en el fondo para que se note, que eran ellos mismos, los indomables. Sus corbatas doradas brillan en la bajada. Al caer, esto era una verdadera competencia. Ganaba el que reventaba mejor algún techo, entregándose una mención especial al que alcanzaba a un perro y le sacaba el ladrido más fuerte. Llegan a asustar a todos los animales. No se vienen con vueltas. Le dan directo al objetivo y lo destruyen. No se ve nada. Se tiene la frazada hasta la cabeza. ¡Agggrhhhhh! Pum.

Hasta que lentamente empiezan a aparecer las princesas de la noche. Las señoritas gotas, las mujeres que cambiaban el ula ula por el “erotic-style”. Seducen a todo aquel que las mire. Tienen tules celestes casi imperceptibles extendidos detrás. Su música emboba a cualquiera que percibía las escalas y melodías musicales que hacen al chocar al piso. Ellas no compiten. Simplemente exorcisan, a más no poder. No pueden ver ojos cerrados. La misión es seducir al que no las haya escuchado aún. Se descubre un hombro, sacando un brazo por debajo de la frazada. Tarara ra rara, tarara ra rara.

Y hacia el final, los últimos vienen con cajitas musicales y un pan bajo el brazo. Las tiernas, chiquititas y dulces. Las gotas bebé. Invitan a dormir. Los nenes, vienen con pijamitas celestes y cuellito blanco. Las nenas bien paquetitas, envueltas en toallas rosadas, vestidas de osito y melludos pompones rosados al cuello. Sus golpes al caer son mágicos melodiosos. A veces tienen luces luces tímidas y dulces de fondo. A veces no. Las notas sueltas de teclas piano cayendo, es el último sonido que se escucha. Se vuelve a meter el brazo y se acomoda bien sobre el colchón, entregándose al sueño. Tin tin, tin tin tin, tin tin.

El baile se acabó, de una. Así como empezó. Ya no hay bailes en el aire. La vista se vuelve a poner aburrida, retomando paulatinamente los colores sepia y blanco y negro en sus paisajes nocturnos.

Aparte, el que no durmió, ya no durmió.

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