No recuerdo bien. En Managua había un perro que conoció a Guevara. O era Nanawa. No me acuerdo más. Caminaba con percusión en ritmo. Le saludé con amabilidad y lo llamé Shei. Me miró y se quedó quieto, con los ojos tristes. Se congeló pensando que tal vez aún esa perra pensaba él. Hasta que me habló. Traté de captar su tartamudez en el ladrido.
Se paró y me sacó los anteojos. Acomodó los auriculares por detrás de sus orejas y empezó a bailar. No quiero verte llorar, me dijo. Me dio una bofetada que me tiró al piso. Me miraba cayendo durante todo un rosario. Sentí que se abrieron nuevas cicatrices en la caída. Me lamenté que no moriría de amor. Tirado en el empedrado, lo miré desde abajo.
¿Adónde vas? Dónde está ese muchacho que corría en el jardín de colores, persiguiendo gorriones, dejando de tocar pasto en la corrida; susurró. El sol me daba en el ojo. Alcanzaba a ver que tenía el corazón del tamaño de un tomate o de una manzana. Era todo muy borroso.
“Andá. Allá donde vos sabés que vas a ir. Ya te viste caminando frente a la torre. El planeta es chico, los años y los dolores pasan. Seguí el rastro de tu intuición. Ahí donde te viste caminar, caminá”.
Para ese entonces yo estaba completamente aturdido. Desarmado en el piso, frente a un hocico apuntando hacia mí emitiendo frases sin sentido. Ya había pensado en dejar de ser insoportable. Pero no era ese el modo de mostrármelo. Pensaba que existirían formas más saludables de hacerlo. Si bien, una garroteada era una de las alternativas, pero no esperaba que los golpes sean procedentes de unas patas.
La luz abrió mis ojos. Esa entrada de razón dolió. Presentí que el mundo acababa. La piel emitía un último grito de sudor y la respiración se hacía cada vez más cortada.
Miré el cielo. Brillante. Sin pasaje de regreso, me quedé dormido. Alcancé a ver que Shei se alejaba caminando, con mi computadora bajo el brazo.
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