Buscando a Kito

Miércoles, 10 noviembre 2010 | 0 comentarios

Entramos al depósito gigantesco. Desde su oficina, allá arriba detrás del vidrio, nos espiaba Kito. Su sillón de jefe estaba de espaldas a nosotros. Sabíamos en qué momento giraba a mirarnos. Pero nos importaba poco. Semejante escenario no podía desperdiciarse para escondernos.

Los papás de Álvaro y mis papás tenían a sus dos hijos varones en la escuela, uno en cada grado, donde los hermanos eran amigos de los hermanos. A partir de eso, nuestros papás ganaron un lazo muy fuerte -que se mantiene hasta hoy aún después que sus hijos lo hayan perdido por completo- que les daba la tranquilidad de quedarnos en su casa durante las siestas de noviembre.

Kito trabajaba en una fábrica de petit grain. O mejor, un depósito de petit grain. Papá me reveló que eso era la esencia para hacer perfumes. El proceso para obtenerlo empezaba estrujando muchas cáscaras de naranja, juntaban el aceite y guardaban todo el jugo en tambores que después se vendían a Europa. Ahí entendí el porqué del peso de los tambores y el porqué más importante: el del olor. Me explicó que en días de ensayo de las olimpiadas, Kito nos iba a llevar a su hijo y a mí su puesto de trabajo en las siestas.

Un salón enorme, con tambores azules pesados por doquier se convertía en nuestra pista de bicicross. El trazado incluía a los rincones del fondo, bordeando las paredes y esquivando los tambores uno a uno, sin perder velocidad, para llegar a la rampa donde terminaba y volvía a empezar el recorrido en sentido contrario, mientras el eufórico público gritaba enardecido.

Teníamos dos bicis BMX. La de Álvaro roja, la mía azul. Es un decir, la que yo usaba en realidad era de Rubén que se quedaba en su casa a hacer las tareas. Esas bicicletas tenían un poder oculto: el freno en el pedal. Al girarlas hacia atrás, se escuchaba las pastillas accionar y la rueda trasera sentía su resistencia. Su magia se escondía en poder clavar el freno con el mismo ímpetu con el que pedaleábamos para adelante.

La adrenalina empezaba al acercarnos al tablón. Una madera, dispuesta estratégicamente en diagonal, nos llevaba desde el piso de cemento hasta la cima de un tambor, en medio del salón. Ni bien la rueda delantera se apoyaba sobre la madera, el corazón empezaba a golpear diferente. Al llegar al círculo metálico de arriba, había que clavar el freno en el punto exacto, a sabiendas que los latidos se detenían por completo en esos instantes definitivos.

Paseando por Battilana, buscando frutas para el jugo, pisé una naranja con toda mi fuerza y apareció el olor de la cáscara tirando el juguito. Las frutas en la canasta se transformaron en tambores azules y por sobre las poros de las cáscaras dos bicicletas BMX -una roja y otra azul- subían la rampa clavando el pedal hacia atrás.

Hoy inicio mi búsqueda oficial a Kito. Quiero preguntarle sobre cómo hacer para conseguir unas gotitas de Petit Grain. Ponerme el uniforme bordó del colegio y prepararme a subir por sobre el cable de mi velador, llegar a la punta de arriba y tirarme hasta el piso del escritorio con la BMX azul. Subir por el teclado hasta mis dedos y llegar a mis ojos, donde las siestas tenían adrenalina, con gritos hilarantes de fondo.

Si alguien conoce a Álvaro, por favor, pídanle que me agregue al Facebook. Avísenle que quiero hablar con su padre.

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