Es él. El que irrumpe la calma en las siestas. El que llega sin que importe el estado climático. El que nunca tiene sed. Nuestro gran amigo, el sodero.
Repartir sodas se ha institucionalizado y llegó a la actualidad con modernos sistemas de reparto. Y es simplemente por el hecho de que si la soda que tomás no es soda del sodero, no es soda.
La soda tiene que estar en un botella de vidrio, tiene que tener la palanca de plástico duro ahí arriba -con su color indicándonos la marca- para poder apretarle y acomodar bien el vaso para que no nos chorree en la ropa mientras escuchamos el chorro golpeando contra el vidrio.
Están preparando la publicación de sus estadísticas. Responderán algunas cuestionadas preguntas. A cuántas personas les tocan el timbre y a cuántas les aplauden. Cuántos paracetamoles consumen después de escuchar la musiquita sobre sus cabezas durante ocho horas seguidas, seis días a la semana. Cuántas personas les atienden. O a cuántas personas les ponen el vuelto debajo de las botellas cargadas.
El sodero es el único sobreviviente de los repartidores sociales, a través del cual se han comentado muchos mitos. Pero ojo, los pacificadores de mujeres solas no son ellos. Los criminales son otros, son civiles que se disfrazan de sodero para entrar por las ventanas.
Le entrego mis respetos. Al que se mantiene defendiendo estoicamente el caracú de nuestras costumbres. Defendiendo a rajatabla la teoría mágica que sólo en esta zona del mundo podemos demostrar. Si no es del sifón, no es soda.
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