Hilo conductor

Martes, 23 noviembre 2010 | 0 comentarios

La luz sentimental desde la que salen las letras envueltas de tango y sexo. Dolor, contradicción. Frente al espejo, todo el barrio quema con la mirada a punto de estallar. Si no se puede vivir, se busca morir a través del tiempo. A veces puedo callar. En otras, le miro la cara a la estúpida tristeza. Sensualidad ultrajada. Música adentro con tu sonrisa de fondo. Doy un paso atrás, lleno de imperfecciones. Amor sin pulcritud. Desde aquel espacio ínfimo, donde una carcajada explota en silencio. Piso las teclas del piano en mi caminata. En la esencia del odio, se transforman las obviedades. Sólo quedan abucheos. Sin que haya nadie enfrente. Un corazón a rastras, sangrando con el pecho abierto y el alma a punto de salir de una cuchillada. Algún alivio. Paz en un abrazo. La carne vuelve a exponerse a las brasas, cocinando la que aún queda cruda.

Silencio de gaviotas que se mueven. Las teclas negras siguen sonando. Hoguera de ilusiones y regalos de corazón. Sucede así: una hermosa que viene sin querer para quedarse mostrando alegría con su piel expuesta. Tal vez una estrella alumbre al calor del amor. Un río de flashes protectores testigos de las cuatro piernas cubiertas. Se enciende una música, se apaga el fuego, se cierran los ojos. Un samba brotando de los parlantes, haciendo las veces de arrorró.

De aquel chico que romantiqueaba en las noches del Dalí queda muy poco. Hoy está sentado con auriculares en cada oreja y la boca de una veintidós en la sien. Poco sabe de postales en cartas. Histeriquea con los asuntos pendientes fumando demás. Los vagones de los años llevaron las revistas que fueron escribiéndose a través del tiempo. Trenes idiotas comandados por ángeles, con demonios reclamando los pasajes.

Desde el fondo azul del patio, aparece un baño de flores goteando. Podemos hablar de gente negra y blanca. Calientes y fríos. Clara y oscura. Los que bailan tango, los que la cantan, los que la disfrutan. Pero si la inspiración no existe, saltan palabras sueltas una tras otra, siguiendo el golpe del talón contra el piso, disparando las melodías inexistentes.

Para qué perder certezas si los laberintos se convierten en carruseles que cambian de color. El hombre escapa de estas calesitas inelubiles, que al final de cuentas hacen bien. Si lo importante es el camino. El destino nos lo tiene preparado para llevarlo a cuestas. Total, lo único que importa es amar para no estar muerto vivo entre flores de la ciudad. El corazón espera. Sangre. Se arrastra. Se queda. Pendiendo de un hilo. Total, estamos vos y yo con un amor construído. Confiá, el dolor cura, libera.

Brotan del techo gotas de lágrimas, caen directo a la almohada sin llegar al piso. Yo las ví pasar. Las veo pasar. Desnudos, nos sopla el viento como en un juego donde no tenemos miedo de querernos con o sin luna. Cada lamento, entre mentiras y verdades, va dejando de importarnos. Nos besamos en el suelo, en las paredes, en el techo. Con el corazón. Gritando la verdad oculta, tan oculta.

Verdad que fui yo el que te ví. En la inmensidad de sentimientos te paraste con un movimiento a dos pasos de mi frente. Cayeron lluvias y muchas lunas más. Te quedás ahí. Enseñándome a vivir. Un gemido que se convierte en voz pidiendo no bajar la guardia. Una canción que me sigue despertándo al vivir.

En la ciudad de las almas ya no quedan explicaciones que dar. Se quebró la representatividad. Los acuerdos entre hombres y mujeres quedaron fuera del lazo. Ellas ya no sabrán lo que ellos hacen para abrazarlas. Se quebró una herida. Se va a curtir.

Nuestras emociones no tienen hilo conductor, no dependen de esas cosas. Sangran.

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