Levanté el brazo cuidando que no se arrugue el guardapolvo al hacerle la seña. Entrecerraba los ojos al sacarle la sombra de mis dedos. Me agarré de los dos apoyamanos y salté para subir el primer escalón. Risueño, le dije al chofer mi frase matutina. “Medio” y arrancó desde el medio del volante el boleto cuadrado -blanco con letras negras- para extenderlo hacia mí, sin dejar de mirar en ningún momento hacia adelante.
Me senté del lado que no había sol, donde hay hileras de un solo asiento. Puse mi mochila sobre mis rodillas, apretándolas con los brazos. Acomodé la cola para encontrar mi postura y verifiqué la posición de la ventana. Apoyé la cabeza sobre el vidrio y mi visión quedaba inclinada. Cerré los ojos y me dispuse a hacer el ritual de los viajes de curación.
El dolor de cabeza se agolpaba hacia la parte trasera del cráneo. Toda la zona del hombro estaba tensionada. Le daba forma y color dentro de mi cabeza y la ubicaba bien adentro de los huesos. Eran ladrillos marrones puestos uno sobre otro, cuyo derrumbe era el síntoma de inicio del tratamiento. Cuando empezaba a golpearlos con una bola de hierro colgante el dolor llegaba a su máximo esplendor, mostrándome con puntadas en la cabeza el dolor de su herida. Con todos los ladrillos esparcidos, hechos curuvicas, una máquina derretidora que soplaba calor convertía toda esa materia amarronada en un líquido gris de color metálico. Todo se empezaba a derretir transformándose en una laguna que oscilaba con el vaivén del colectivo. La inclinación de la cabeza ponía a todo el jugo gris muy cerca de mi oreja.
Abrí las compuertas de atrás del tímpano y el líquido empezaba a salir a cuenta gotas por la oreja. Retumbaba con su paso. Los lóbulos me dolían y los hombros se liberaban. El gris chorreaba en el vidrio de la ventana. La tensión en la cabeza iba desapareciendo. Respiraba por unos momentos recorriendo el camino que trazó el dolor para desaparecer por completo. Contaba un rato y me preparaba para abrir los ojos otra vez. Sin corregir la visión inclinada, acercaba la mano al vidrio para sentir lo que quedó. Arrastraba los dedos sobre el cristal y sentía a la gente de la calle mirarme por detrás de la ventana. Giraba las manos y las palmas quedaban hacia mí. La suciedad en las yemas evidenciaba la intensidad del dolor.
Corregí la postura del cuello para enderezar la visión. Estaba llegando a la escuela. Sacudí las piernas y los brazos. Apoyé por completo los pies sobre el piso para agarrarme del pasamanos. Volví a darle una mirada. Me gustaba mucho ver desde lejos las huellas que dejaron mis dedos sobre el hollín.
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