Nuestros pies se saludan, coqueteando con sus texturas, mientras arriba, la reunión sigue su curso normal. Tomás la taza de café. Mientras el sorbo corre, tus pupilas sonrientes me miran cómplices.
Corremos a lo largo de la paradisíaca isla. La costa nos envuelve con los granos de arena, friccionando nuestros pies. Acariciándolos. Masajeándolos. Tomados de la mano, nos detenemos a sentir el tibio sol al borde del mar, tostándonos con un mismo color, con un mismo sudor.
Tirados al borde del agua, los cabellos mojados se tiñen de sabor. A sal del mar. A la sal de nuestros cuerpos. Buscamos competir con ese sol que no hace más que incentivarnos a acercar nuestras pieles.
Revolcados sobre la arena, los tobillos mojados luchan por ganar una lucha por descubrir zonas desconocidas, subiendo por las piernas, sin detenerse en las rodillas. Las respiraciones compiten por calmarse, cuando sólo consiguen aumentar el tenor de su intensidad.
Un abrazo de suspiros nos envuelve. Nos quedamos prendidos el uno al otro, tomándote por la espalda, escuchando el graznido de las gaviotas por sobre nosotros.
Con una cucharita metálica, golpeaste la taza. El chasquido de la porcelana, me sacó la vista de tus pupilas. Me despertaste. No habías dejado de mirarme ni siquiera un segundo. Sin moverte, me apuntaste con el dedo. Me tiraste un beso a escondidas.
La conversación sobre la mesa parecía no alterarse. Nadie percibió nuestro viaje que duró un sorbo de café. Del que una cucharita, nos trajo de regreso.
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