Con el cabello al viento y el brazo apoyado sobre el aluminio de la ventana, la sequedad de la boca aumentaba con las cuadras recorridas. No subia nadie, ni los vendedores de caramelos. Casi con la lengua afuera, me bajé con el colectivo en movimiento. Ya la había visto desde la escalera.
Era de las pocas vendedoras que quedaban sobre Presidente Franco a las cuatro de la tarde. Con el delantal violeta sucio limpiaba su banqueta antes de sentarse. “A cuánto tu mandarina señora?” grité dos metros antes. El color naranja de las frutas hacía brotar más saliva de mi boca. “Tres mil la docena, marchante”, dijo mirándome a los ojos.
“Dame na media docena”. Separé dos monedas, una de mil, otra de quinientos. “Elegí nomás mi rey” pronunció y metía las dos manos en su delantal. Yo ya sabia que iba a tragar entera cada una de las frutas. Todo por paliar mi sed de paraguayo.
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