
Juan Rolón nació en el Instituto de Previsión Social de Asunción, Paraguay en el año 1981.
A los seis años de edad, a mitad del período lectivo del pre-escolar, descubren que sabía leer y tenía aptitudes de avanzar a primer grado. Durante una semana entera, fue a la escuela con camisa y moñito, diferenciándose de sus compañeros, que llevaban el guardapolvo que destacaba a los escolares.
Los años fueron pasando. Fue el mejor egresado de la promoción 1992 de su escuela. Siempre supo todo. Todo. Su comportamiento no conoció incorrecciones. Ingresó al colegio, manteniendo la pulcritud en su peinado y correcta postura al sentarse en la mesa. A la altura del tercer curso, sus hormonas se hicieron sentir y descubrió que le quedaba bien la remera afuera, para disimular la panza que empezaba su prominente crecimiento.
Guitarra en mano, se hizo protagonista de las noches de campamento de colegio, convirtiéndose en el centro de diversión, recibiendo de sus compañeros, en medio de plena algarabía, hilos que lo ataban a un árbol impidiéndole cantar sus melódicas canciones, implorándole silencio.
Al terminar el colegio, su ondulada cabellera fue la estrella de pubs nocturnos. Al cruzar los controles policiales debía ser confiscado para así confirmar que no hacía tráfico infraganti de droga en la cabeza.
Ingresó a la Universidad, siguiendo la carrera de Programación de Computadoras, donde aprobaba materias parándose detrás de una tela, con títeres en las manos, utilizando un innovador y constructivo método en sus exposiciones para definir a las ciencias informáticas. Descubrió que ya no sabía nada. Nada.
La pasión por la música lo llevó a que, en las oficinas a las que entraba, se caracterice por responder a los estímulos que los auriculares le ofrecían, saltando o bailando, sin dejar de avanzar en su producción en el desarrollo de software.
Su carrera como dramaturgo se inició con una chaqueta de mecánico, escribiendo, en verso, la secuencia de palabras requeridas para atender el teléfono en toda el área, recibiendo felicitaciones del área de recursos humanos que festejaba animada, sus logros en la empresa.
Al ingresar a la escuela de teatro pudo, finalmente, desarrollar sus aptitudes de control corporal, ensayando coreografías que lo llevarían al estrellato, interpretadas a puro corazón.
Un día encontró un lápiz. Le dijeron que no servía para nada. Decidió subirlo a la web. Lo llamó “Lápiz de papel”.
Hoy, ya no mantiene su panza, ni su cabellera. Pero sus bailecitos y la computadora lo acompañan en su expedición a Buenos Aires, escribiendo historias cargadas de fantasía y realidad. Como su vida misma.
Hace poco le hicieron una entrevista. Y por las dudas, el periodista no le sacó fotos.

