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	<title>Lápiz de papel</title>
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	<description>Trazos a puño y letra</description>
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		<title>A mi Chico</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Apr 2011 02:21:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por que sí]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace mucho que no te escribo. Pasa que en realidad, hace mucho que no sé nada de mí. El café después de la cena estuvo tan rico que tuve ganas de compartirlo con vos. Siento que escribiéndote apago en algo mi sed de contarte cosas. Las clases están geniales. Tener la oportunidad de estudiar actuación [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace mucho que no te escribo. Pasa que en realidad, hace mucho que no sé nada de mí. El café después de la cena estuvo tan rico que tuve ganas de compartirlo con vos. Siento que escribiéndote apago en algo mi sed de contarte cosas.<span id="more-575"></span></p>
<p>Las clases están geniales. Tener la oportunidad de estudiar actuación en una universidad no tiene nombre. Estoy leyendo muchísimo, hay materiales que son más que interesantes. Cuando nos veamos te voy a hacer un dibujito para que veas cómo sale la voz a través de las cuerdas vocales.</p>
<p>Estoy comiendo muy bien. No hay montañas de empanadas donde elegís la que quieras, agarrás una mandioca y salís con un vaso de ensalada de frutas en la mano. Pero acá las pastas nunca van a dejar de ser ricas y el café es lo mejor de la ciudad.</p>
<p>Hace mucho que no grabo vídeos y escribo muchísimo menos. Tengo la cabeza en la facultad, hasta en la noche, que leo, leo, leo y como hoy, se me secan los ojos con ganas de verte. De sentirte cerca. Sí, sé que falta menos de un mes para tu cumpleaños. Pero no te preocupes, estoy cada vez más cerca de encontrar tus zapatos de blues y enviártelos con alguien.</p>
<p>Caminar por la calle Corrientes es hermoso. La cantidad de gente me deja con la sensación de ser una hormiga en medio de todos ellos. A lo mejor estoy acostumbrado a sentirme un elefante cuando estamos nosotros dos sentados en el Lido comiendo una empanada de jamón y queso.</p>
<p>Vine a Buenos Aires porque sentí un compromiso con nuestra gente. Vine por la esperanza de que alguna vez pueda hacer algo por ellos, porque tengo la convicción de que ser paraguayos es una fortuna, inmersos en un mundo mágico. Hasta sacrifiqué nuestras tardes tirados en el piso revolcándonos con música, a cambio de sentir que puedo salir adelante, para que tu papá no se quede en el molde y siga teniendo cosas nuevas para darte.</p>
<p>Nunca sentí lo que era extrañar. Ahora sé muy bien que extraño todo. Mi gente, mis amigos, mi mundo, vos. A veces me siento impotente, ¿sabes? Quiero colgarme del 27 para irme nomás, sin saber adonde. Pero cuando vengas, vamos a caminar mucho. Te voy a alzar para que pongas las monedas en el colectivo, vamos a subir y bajar del subte las veces que quieras y vamos a poder andar en tren todo el tiempo. Quiero que vos también puedas sentir que la vida es un viaje. Y que siempre tiene una vuelta.</p>
<p>Ser libre tiene su precio. Pero quiero seguir soñando, aunque no pueda dormir. Pero estate seguro que los domingos de mañana te voy a atrapar para que no te escapes de la cama.</p>
<p>En la ciudad de las luces, no hay ninguna luz que ilumine como vos. Vamos a estar cerca muy pronto. Andá preparando tus pies, porque en tu cumpleaños tenés que estar bien churro. A los zapatos de blues hay que saber llevarlos, vos sabés cómo hacerlo.</p>
<p>Te quiero mucho, Chico.</p>
<p>Papá</p>
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		<title>Pum</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Mar 2011 21:26:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por que sí]]></category>

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		<description><![CDATA[El día soleado encandila por la ventana. Acá afuera hace frío. Desde abajo de la frazada llega un viento rico y calentito. Estoy harto de ser el único destapado en toda la cama. No me queda otra. Me estiro, me desperezo. A medida que el pie se va moviendo, empiezo a apretar la cara bien [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El día soleado encandila por la ventana. Acá afuera hace frío. Desde abajo de la frazada llega un viento rico y calentito. Estoy harto de ser el único destapado en toda la cama. No me queda otra.<span id="more-518"></span></p>
<p>Me estiro, me desperezo. A medida que el pie se va moviendo, empiezo a apretar la cara bien fuerte, preparándome a enfrentar las horribles, ásperas y frías baldosas rojas. Le toca al Gordo Martín dar el inicio de un mal día.</p>
<p>Yo soy el de la derecha, el que marca el comienzo de los días lindos, haciendo fiesta cada vez que sea necesario. A medida que pasan los años soy cada vez más exigente, me cuesta mucho más entregar el pum con facilidad. Pero por algo soy dedo gordo. De algún lado tiene que salir la confianza.</p>
<p>Frente al espejo del inodoro decido qué peinado voy a tener hoy. Me gusta cambiar y probar estilos, elegir el que vaya mejor con el día. Hay que saber que prefiero las tendencias modernas &#8220;al descuido&#8221;, que parezca despeinado pero no sea. Eso sí, sin llamar demasiado la atención. Nada de corte carré ni claritos.</p>
<p>Hoy Mauricio tiene una cita. Anoche dijo que se iba a arreglar y poner pituco para la cena. Sonó muy convencido. Entonces, finalmente hoy me va a cortar la uña, maldición de la naturaleza. No hace más que destruirme el peinado.</p>
<p>Qué vergüenza. Cuando Mauricio conoció a Ángela, me presenté ante Alelí en un estado bochornoso: sucio, despeinado y con mal aliento. Ángela tenía sandalias. Alelí sonreía, su aura me encegueció. Nada pudo detener el flechazo.</p>
<p>Nuestros encuentros son explosivos y tiernos. Las yemas festejan su encuentro y maldicen las despedidas, quedan relajadas y sensibles después de cada acercamiento. Nunca antes tuve sensaciones tan fuertes con otro dedo gordo. Debo confesar, humildemente, que he probado una considerable cantidad a lo largo de los años, teniendo en cuenta mi afinidad con los dedos izquierdos gordos y habiéndome cruzado también con dedos gordos derechos que me dieron vuelta la uña. Lo que siento con Alelí es sublime. Nunca me pasó.</p>
<p>A esta altura de la vida ya no estoy para andar con rebusques. Lo único malo del día de hoy va a ser el horrible filo del alicate rozándome la frente. El resto, no va a tener desperdicios, todo va a ser preparativos para la cena. Ángela, no usa ni botas ni medias. Voy a estar delante de Alelí después de mucho tiempo. Me peino con la raya al medio y gel a discreción. Cara bien lavada y algo de perfume, que parezca perfumado pero no sea.</p>
<p>Doy un último vistazo al frente, ajusto un mechón rebelde y miro a la izquierda para gritarle a Martín: &#8220;¡Gordo, pum para arriba!&#8221;.</p>
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		<title>Media docena</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Mar 2011 21:02:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por que sí]]></category>

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		<description><![CDATA[Con el cabello al viento y el brazo apoyado sobre el aluminio de la ventana, la sequedad de la boca aumentaba con las cuadras recorridas. No subia nadie, ni los vendedores de caramelos. Casi con la lengua afuera, me bajé con el colectivo en movimiento. Ya la había visto desde la escalera. Era de las pocas vendedoras que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con el cabello al viento y el brazo apoyado sobre el aluminio de la ventana, la sequedad de la boca aumentaba con las cuadras recorridas. No subia nadie, ni los vendedores de caramelos. Casi con la lengua afuera, me bajé con el colectivo en movimiento. Ya la había visto desde la escalera.<span id="more-511"></span></p>
<p>Era de las pocas vendedoras que quedaban sobre Presidente Franco a las cuatro de la tarde. Con el delantal violeta sucio limpiaba su banqueta antes de sentarse. &#8220;A cuánto tu mandarina señora?&#8221; grité dos metros antes. El color naranja de las frutas hacía brotar más saliva de mi boca. &#8220;Tres mil la docena, marchante&#8221;, dijo mirándome a los ojos.</p>
<p>&#8220;Dame na media docena&#8221;. Separé dos monedas, una de mil, otra de quinientos. &#8220;Elegí nomás mi rey&#8221; pronunció y metía las dos manos en su delantal. Yo ya sabia que iba a tragar entera cada una de las frutas. Todo por paliar mi sed de paraguayo.</p>
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		<title>Quedate, perdete</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Mar 2011 02:20:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tu duda, mi quizás, imperdibles solapas iluminadas por el sol de madrugada. No quiere la muerte, quiere despecharse. Me desespero mordiéndome las uñas de los pies. Quedate, perdete, aferrados están nuestros ojos que cantan y disparan contra el olvido. Todavía hay una historia que empieza cada noche y cada día desde nuestro encuentro. El olvidado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tu duda, mi quizás, imperdibles solapas iluminadas por el sol de madrugada. No quiere la muerte, quiere despecharse. Me desespero mordiéndome las uñas de los pies. Quedate, perdete, aferrados están nuestros ojos que cantan y disparan contra el olvido. Todavía hay una historia que empieza cada noche y cada día desde nuestro encuentro. El olvidado recuerdo que no se destruye con el viento, se serena con la lluvia, se pierde en tu cintura.<span id="more-509"></span></p>
<p>Vivir más despierto que dormido. O mejor al revés. Cuando sé algo de vos, tu risa me ronda los oídos y te escucho dormida. El tiempo corre desde temprano, y no pensamos. Estamos seguros. Cuando no sé nada, perdí la memoria trece veces durante el día, el teléfono no sonó, no sale el sol. El resto es historia. Te esperé y nadie me esperó. No hubo una sola carta.</p>
<p>La dicha de las heridas en la horas equivocadas. El tiempo habla. Mil estrellas nos hablan, fuman desde su balcón. Apagan la calle y nos abren las puertas a la compañía. El mundo sabe de sus fantasmas, pero en nuestra casa son las mejores y más lindas. Con el cielo en la frente, se te ilumina la sonrisa, de calle a calle.</p>
<p>Marrón, un árbol crece, para recibirnos en su follaje, y trepados a él consigamos un piano para tocarlo. El calor de nuestros corazones pide guerra, con gargantas saladas y dedos calientes, pasando por los abrazos que nos sacan de la soledad y una tarde de comunión de almas.</p>
<p>Se arrancaron las hojas de los camiones. El viento me reconcilia con la guitarra.</p>
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		<title>Cucharita</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Mar 2011 02:07:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Nuestros pies se saludan, coqueteando con sus texturas, mientras arriba, la reunión sigue su curso normal. Tomás la taza de café. Mientras el sorbo corre, tus pupilas sonrientes me miran cómplices. Corremos a lo largo de la paradisíaca isla. La costa nos envuelve con los granos de arena, friccionando nuestros pies. Acariciándolos. Masajeándolos. Tomados de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nuestros pies se saludan, coqueteando con sus texturas, mientras arriba, la reunión sigue su curso normal. Tomás la taza de café. Mientras el sorbo corre, tus pupilas sonrientes me miran cómplices.<span id="more-507"></span></p>
<p>Corremos a lo largo de la paradisíaca isla. La costa nos envuelve con los granos de arena, friccionando nuestros pies. Acariciándolos. Masajeándolos. Tomados de la mano, nos detenemos a sentir el tibio sol al borde del mar, tostándonos con un mismo color, con un mismo sudor.</p>
<p>Tirados al borde del agua, los cabellos mojados se tiñen de sabor. A sal del mar. A la sal de nuestros cuerpos. Buscamos competir con ese sol que no hace más que incentivarnos a acercar nuestras pieles.</p>
<p>Revolcados sobre la arena, los tobillos mojados luchan por ganar una lucha por descubrir zonas desconocidas, subiendo por las piernas, sin detenerse en las rodillas. Las respiraciones compiten por calmarse, cuando sólo consiguen aumentar el tenor de su intensidad.</p>
<p>Un abrazo de suspiros nos envuelve. Nos quedamos prendidos el uno al otro, tomándote por la espalda, escuchando el graznido de las gaviotas por sobre nosotros.</p>
<p>Con una cucharita metálica, golpeaste la taza. El chasquido de la porcelana, me sacó la vista de tus pupilas. Me despertaste. No habías dejado de mirarme ni siquiera un segundo. Sin moverte, me apuntaste con el dedo. Me tiraste un beso a escondidas.</p>
<p>La conversación sobre la mesa parecía no alterarse. Nadie percibió nuestro viaje que duró un sorbo de café. Del que una cucharita, nos trajo de regreso.</p>
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		<title>Acomodándome</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Mar 2011 01:59:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me toma del cabo, secándome con su remera. Con la otra mano apoya la taza en la repisa dejándome dentro de la porcelana verde. Los dos frascos hacen ruido al apoyarse al lado. Me agarra del mango para meterme dentro del maravilloso y penetrante olor del café. Del frasco de Nescafé a la taza, dos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me toma del cabo, secándome con su remera. Con la otra mano apoya la taza en la repisa dejándome dentro de la porcelana verde. Los dos frascos hacen ruido al apoyarse al lado. Me agarra del mango para meterme dentro del maravilloso y penetrante olor del café. Del frasco de Nescafé a la taza, dos veces. Se cierra la tapa roja, me meto entre los crujidos del azúcar. Tres montañas de nieve transportadas a la taza. Con giros suaves, entremezclo el blanco y marrón dentro del verde.<span id="more-504"></span></p>
<p>Debajo de la canilla, las gotas caen sobre el cóncavo hasta llenarla. Siempre la misma cantidad y en el mismo orden. Dos de café, tres de azúcar, una de agua. Los choques en las paredes circulares de porcelana empiezan suaves y acomodados, para convertirse en golpes rápidos, contínuos y en circunferencia, desprendiendo el aroma de los granos humedecidos triturándose. Volviéndose en una crema pastosa beige, fusión transformada en infusión.</p>
<p>Dejo de girar y contengo la respiración esperando la llegada de agua caliente cayendo sobre la pasta. Acariciando las partículas, el color se va disolviendo con el calor del líquido llenando la taza. Revolviendo la aleación de polvos húmedos cubriendo hasta la superficie superior.</p>
<p>La satisfacción plena de sentir el gemido de aprobación después de pasar por la lengua que saca todo el color que me cubre. Y quedarme ahí, dentro de la taza, hasta que termine el café, acomodándome para cada sorbo. Como sólo ellos dos los hacen.</p>
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		<title>Tereré rupá</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Mar 2011 12:38:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Quiero comer un almidón Ña Feliciana del Shopping Mariscal López o chipa so&#8217;o de frente a La Riojana. Pero si estoy sobre Palma, pido una empanada de carne con pan en el Lido con una sopa de pescado. Mejor me voy a Remanso a comer una milanesa de pescado con buen limón, sentado a orillas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quiero comer un almidón Ña Feliciana del Shopping Mariscal López o chipa so&#8217;o de frente a La Riojana. Pero si estoy sobre Palma, pido una empanada de carne con pan en el Lido con una sopa de pescado. Mejor me voy a Remanso a comer una milanesa de pescado con buen limón, sentado a orillas del río Paraguay.<span id="more-500"></span></p>
<p>Prefiero marinera de carne en el comedor del mercado cuatro, después de un buen puchero de carne. Pero si voy a comer caldo, le pido a mamá un soyo con tortillas con buena mandioca. No, mandi&#8217;o shyryry con queso y huevo hecha por papá. Mejor mandioca frita o frango passarinnho del Britannia con choricitos al vino. Me quedo con chorizos parrilleros, de viena y picante, con unas morcillas que chorreen cuando les clave el tenedor. Ochsi, todo Ochsi.</p>
<p>Comamos el asado ahumado de papá con corazoncitos de pollo. Mejor un lomito de Pepe. ¡No! Don Vito, dos de jamón y queso con otra de cuatro quesos. O una empanada de acelga con queso del Bolsi. Lo dejamos en algo simple como un pancho de la Esso y un villarroe de jamón y queso de Mir. Pruebo el borí borí del estacionamiento de Herrera y Nuestra Señora para postrear sobre Independencia con una ensalada de frutas de tres mil después de tomar tereré en la plaza.</p>
<p>Sin olvidarme del café cortado en taza de vidrio amarillo en el Café de Acá, o en taza de losa en casa de Gaby. Antes, un picadito en 15 de Agosto y Palma, con dos empanadas más de carne, ahora sin pan. Me voy a Areguá y pido tres bollos, uno de cada uno: dulce de leche, crema y guayaba. O dulce de guayaba con queso Paraguay y maní con miel negra.</p>
<p>Algo potente como un guazucholos de milanesa con mucha salsa en vasito o algo exquisito como la pizza super fina de Il Mangiare. Mejor un huevo revuelto del súper Gran Vía con galletón de anís de La Negrita y galletitas Tippy de postre. O mejor meter la mano en el tupper para sacar un villarroe de huevo al lado del Panteón, con un vaso de mosto. Me voy a la cancha para tomar una naranja pelada y un chupa-chups rojo. O sentarme en la vereda de un coreano a tomar una coca de litro comiendo asadito a tres mil frente a la plaza Italia.</p>
<p>Antes del primer sorbo, le pongo yerba Pajarito al tereré, mojo el pan en el juguito del bife a caballo en el Lido. Y sigo comiendo un lomito de la Esso, las empanadas de Tía Isolina, el bife de hígado con puré de papas de mamá. Después, las croquetas de chancho de la Alemana sobre Montevideo, las costillitas de cerdo de Selva, un chipa guasú del Lido y un café batido en taza verde.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Carnaval</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Feb 2011 02:11:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Acorde a la fecha, suben al colectivo rumbo a la fiesta. Vestidos para el evento. Ojotas blancas sucias, Topper negra con punta blanca,  alpargatas marrones, tacos bajos rojos, sandalia con una hebilla grande adelante, All Star grises, botas de cowboy, Adidas de fútbol de salón, zapato de vieja negro, sandalia con plataforma, chatita que deja [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acorde a la fecha, suben al colectivo rumbo a la fiesta. Vestidos para el evento.</p>
<p>Ojotas blancas sucias, Topper negra con punta blanca,  alpargatas marrones, tacos bajos rojos, sandalia con una hebilla grande adelante, All Star grises, botas de cowboy, Adidas de fútbol de salón, zapato de vieja negro, sandalia con plataforma, chatita que deja ver el dedo gordo y poquito del índice, bota militar, Reef de skater con franja roja, botas con tacos, plataforma para pie de sapo, Hi-Tech de escalar marrón con cordones mal puestos, tacos rojos con punta fina, botita Lacoste blanca, ojotas con tiras para el talón, zapato negro bien lustrado con media marrón, sandalia de mujer que no se sabe si cubre o no el talón, Nike blanca con cierre de Velcro, bota con hebilla, Adidas running gris con amarillo fluo, Airwalk azul gastado, Nike con el dedo partido, ojotas con plataforma, sandalias con tiras blancas charoladas, Adidas blancas con bandas rojas y azules, ojotas con anillo grande, botitas Puma negras con mucho cordón, John Foos beige, tennis Reebok gris, botas de goma, mocasín marrón con cordón, Nike negra linda y vieja, Adidas blancas de cuero con bandas rojas y azules, bota negra mal atada y lengueta afuera, chatitas a motas, Puma amarilla con estrellas rojas.<span id="more-496"></span></p>
<p>Es un hecho. El carnaval es toda una fiesta en Buenos Aires.</p>
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		<title>Las rosquitas de Plaza Italia</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Feb 2011 16:50:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por que sí]]></category>

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		<description><![CDATA[Me tiré a dormir. Vuelta uno, vuelta dos, cientoveintisiete. Cheta no paraba de dar vueltas en mi cabeza. Estaba ahí, sentada del otro lado de la mesa, frente mío, pronunciando la frase que sonaba repetidamente. En el restaurant de la Avenida Yrigoyen, un cruel bandoneón acompañaba la oración que tenía subtítulos pasando por debajo de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me tiré a dormir. Vuelta uno, vuelta dos, cientoveintisiete. Cheta no paraba de dar vueltas en mi cabeza. Estaba ahí, sentada del otro lado de la mesa, frente mío, pronunciando la frase que sonaba repetidamente. En el restaurant de la Avenida Yrigoyen, un cruel bandoneón acompañaba la oración que tenía subtítulos pasando por debajo de su boca, para aclarar, por si quedara dudas. Fue contundente.<span id="more-490"></span></p>
<p>- Quiero las rosquitas de Plaza Italia.</p>
<p>Esas putas rosquitas. Claro, ella quería lo imposible. ¿Cómo hago yo para conseguir esas fucking rosquitas? Desde que está embarazada se empecina en que le cumpla los antojos cada vez más exóticos. Imaginate, tengo que hacer un viaje suicida, agarrar las rosquitas, guardarlas en un sobre y volver a traerlas en otro viaje todavía más suicida, con las rosquitas en la mano.</p>
<p>En nuestra luna de miel, a comienzos de febrero, quedó maravillada con todo el barrio carnavalezco. Dos hermosos días en la plaza Italia con su ritmo de samba a nuestra disposición. Nos hospedamos en un hotel de lujo sobre la Avenida Santa Fé, pasamos las mejores horas de nuestras vidas. En una de las salidas recorrimos la feria y fue ahí cuando comimos por primera vez las benditas rosquitas.</p>
<p>Son tortitas de harina molinada al horno, con azúcar arriba. Horribles. Pero a ella le gustaron tanto que hasta los volví a comer en la noche siguiente, en la que se concibieron esos bebés que todavía están en su panza. Fue la última vez que lo comimos. Y no tuvo mejor cosa que pedírmelo ahora. A punto de parir.</p>
<p>Todavía estamos en plena época de carnaval. No puedo no hacerlo. Ya eran las seis de la mañana y no había dormido nada. Me levanté de la cama y me puse ropa de batalla. Mirá hacia arriba y dije &#8220;Dame fuerzas, quiero volver vivo&#8221;.</p>
<p>Salí a la vereda con actitud avasalladora. Esquivé a todos los zapatos que nos persiguen amenazándonos de muerte. Llegué a las escaleras. Bien por el borde, bajé pegado a la pared, cruzándome con una cantidad de gente que nunca ví, que pasaba al lado mío y ni siquiera me miraba. El atroz ruido y el calor que nos cobija bajo la tierra, se acentuaban a medida que pasaban los escalones. Crucé hasta el lado de los trenes y miré los carteles para confirmar. Línea D, estación Catedral. Suspiré profundo y me metí al borde donde quedaría el último vagón, el de atrás. Por seguridad, así si caía, no quedaba sobre los rieles. Pensé en las retorcidas rosquitas y en la cara de Cheta cuando los coma. Me aseguré que las dos hojas verdes estén bien atadas a mi cintura y me predispuse a esperar.</p>
<p>Los motores se acercaban, escuché las ruedas de hierro girar, llegando a la estación. Las letras naranjas confirmaban la dirección: &#8220;Congreso de Tucumán&#8221;. Tenía que llegar hasta la estación Plaza Italia. Nada más que eso. Me agarré del piso para cubrirme del ventarrón que los vagones dejan al pasar. Una vez que pare, tengo hasta que suene el pitido para subir. Tengo que llegar. Tengo que poder llegar.</p>
<p>Esperé con los ojos cerrados a que se detenga. Escuché que se abrieron las puertas y miré el vagón que estaba del otro lado. Tenía que correr por mi vida y dar un salto feroz, agarrarme del primer barrote y quedarme atado a él hasta llegar. Un mal cálculo podía resultar mortal. Caer entre los pedazos de asfalto picado o sobre el riel, significaba muerte directa.</p>
<p>Tomé distancia, dí cinco pasos largos y seguros hacia atrás para arremeter con saltos de velocidad. Estando en el aire sentí cómo pude desplegar mis alas. No se qué me pasó. Sólo miraba el barrote, me olvidé del piso de piedras. Todo, por ver la sonrisa de Cheta iluminándome los días. Sin miedo, extendí los brazos y pum, me aferré a ese pedazo de hierro como nunca. Llegué justo. Ahí nomás, sonó el pitido y se cerraron las puertas. Y se me aparecieron las retorcidas rosquitas en la mente. Suspiré profundo y esperé que el tren se empiece a mover. El viento era cada vez más fuerte, el crujir de los hierros girando debajo mío podía llegar a explotarme los tímpanos. Y yo, aferrado más que nunca a ese hierro caliente.</p>
<p>La única estación donde tuve problemas fue en la de Bulnes, donde mis pies, de tan traspirados, se resbalaron. No pasó de un susto, por suerte. El pitido avisó que íbamos a salir de la estación de Scalabrini Ortiz. La siguiente vez que el tren se detenga empezaba el proceso contrario. El salto al otro lado, a tierra firme. Pero ahora no tenía distancia para dar más de tres pasos hacia atrás. Tenía que incluir además de mis ganas, todas mis fuerzas.</p>
<p>Silencio. Se abrieron las puertas. Dí los tres pasitos para atrás y corrí por mi vida, extendiendo las piernas y las alas al máximo. ¡Pum! caí a tierra firme golpeándome los talones muy fuerte. Las rosquitas, las podridas rosquitas. Su carita, tierna y sonriente. Todo se daba vueltas. Empecé a caminar, rengueando. No podía estar lastimado justo ahora.</p>
<p>Vuelta al peligro mortal de los zapatos asesinos. Seguí el borde de las paredes caminando a toda velocidad. A medida que subía las escaleras, se iba escuchando la samba. Todavía no entiendo cómo es que esta gente puede estar en vida de carnaval a las siete de la mañana. A mí me da hurticardias de pensar en estar feliz en la mañanas. No soporto la gente feliz. Salvo a Cheta. Ella es la única que puede ser feliz. Mirá que le tengo que querer, porque cómo me aturde con sus saludos matutinos tan felices.</p>
<p>Llegué a la feria en el momento de armado de los mostradores. No se puede creer lo que caminé buscándole a la vendedora de esas rosquitas asquerosas. Cuando ví el paquete fui directo a agarrarla, buscando no ser tan evidente con mi ansiedad. Ya les ví, ahí estaban. Le pasé la bolsa a la señora. Levantó la vista y me dijo la primera palabra del día. Esta vez eran sólo cuatro letras y los subtítulos gigantescos debajo de su boca.</p>
<p>- Tres.</p>
<p>Se me cayó el mundo. Hice todo este viaje suicida pensando en su sonrisa a cambio de las rosquitas. Ni se me ocurrió que los precios iban a subir tan rápido. Todo se desvaneció, menos esa su sonrisa que ahora era enorme. Tomé coraje y le hablé a la mujer con toda franqueza.</p>
<p>- Mire señora, yo vine de la estación Catedral en subte para buscar estas rosquitas, mi mujer está embarazada y para cumplirle el antojo me lancé a la odisea. Nosotros vinimos de luna de miel hasta acá, vivimos el comienzo del carnaval y ella tiene antojos de desayunar rosquitas. No la quiero presionar, pero querría suplicarle. ¿Me los vende por dos hojas? No tengo más y no sé cómo conseguir lo que falta.</p>
<p>Puso cara de enojada, extendió una mano para recibir el pago y en la otra puso el paquete envuelto. Le agradecí con la misma sonrisa que Cheta va a tener cuando los reciba. Ni me miró. Se enojó. Qué importa, que se muera. Ya tengo las rosquitas. Las reputas rosquitas.</p>
<p>Mismo procedimiento. Zapatos enloquecidos, borde de la pared, estación Plaza Italia, vagón, salto, alas, pitido, barrotes. Silencio, estación Catedral, salto, alas, talón. Rosquitas intactas. Zapatos, borde, vereda, más zapatos, reja, ocho de la mañana.</p>
<p>Abrí la puerta con el mayor silencio posible. Entré a la pieza, todavía estaba durmiendo. Caminé en puntas de pie y le puse el paquete en la cama, al lado de ella. Con los pasos contados volví a la puerta. Antes de salir, volví a mirarla. Ahí estaba, acostada durmiendo un hermoso sueño con las rosquitas al lado. Sonrió dormida, como si ya las hubiese visto.</p>
<p>No hacía falta que yo me pegue todos esos riesgos para verle sonreir. Aún dormida cumplía mis deseos. ¿No es hermosa?</p>
<p>A veces pienso que para los hombres, el subte es un avance demasiado grande. Pero todavía quiero entender cómo es que las cucarachas no tenemos ese pensamiento racional y no podemos fabricar un medio de transporte como ese por nuestros propios medios. Se acortarían las distancias y morirían menos amigos enamorados.</p>
<p>Ellos podrán ser todo lo calculadores que quieran, pero nuestra especie ama mucho más intensamente que todos los hombres juntos. No pensamos, sentimos. Sólo sentimos. Tanto, que hasta pongo mi vida en riesgo por unas estúpidas rosquitas. Todo para ver la sonrisa más hermosa del mundo. La de Cheta iluminando mis mañanas.</p>
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		<title>El hormiguero de hormigón</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Jan 2011 12:49:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Rolón</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por que sí]]></category>

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		<description><![CDATA[Brotan de adentro, subiendo las escaleras. Salen del asfalto a encontrarse con el sol y un pedazo de cielo. Total, después siguen sus caminos de tierra negra y dura. Entran al submundo a trasladarse, para moverse. Las hay de todas razas. Las rengas, las ciegas, las rubias, las despeinadas. Todas andan en su mundo. Entré [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Brotan de adentro, subiendo las escaleras. Salen del asfalto a encontrarse con el sol y un pedazo de cielo. Total, después siguen sus caminos de tierra negra y dura. Entran al submundo a trasladarse, para moverse. Las hay de todas razas. Las rengas, las ciegas, las rubias, las despeinadas. Todas andan en su mundo. <span id="more-487"></span></p>
<p>Entré a curiosear la vida debajo del concreto. Pasillos donde la población de hormigas camina en ordenada fila hacia los molinetes mostrando su boleto. Abajo había todavía más cemento. Televisores informando el estado de los hormigueros, ventiladores que con su aire caliente secan las antenas traspiradas, murales decorando los espacios internos con las caras de sus ídolos. </p>
<p>A lo lejos, una luz que se aproximaba. Ruido de tren. Frente a mí pasaron vagones de colores pintados con graffitis. Se cruzaban cargando caras extrañas, miles de rostros desconocidos, millones de facciones de entre las que no pude sacar alguna conocida. El tren fue bajando la velocidad hasta detenerse por completo. Se abrieron las puertas, sonó un pitido y se volvieron a cerrar. El transporte de bichos se volvió a mover hasta desaparecer por completo de mi campo visual. En poco más de treinta segundos, pasaron millones de almas por mis ojos quedando nada más que unos rieles extendidos en el piso. Quedé atónito. Era como si yo no existiese. Nadie sintió que yo estaba parado ahí frente a la puerta. Algún que otro tórax alcanzó a empujarme, fue todo lo que sentí.</p>
<p>El espacio volvió a llenarse. El aire caliente seguía soplando mis pómulos. Las actividades dentro de su mundo resultaban impredecibles. Leían mientras caminaban, andaban con cosas de colores en las orejas -raramente hay alguno que haga las dos cosas en simultáneo-, o miraban lejos, traspasando el hormigón que tenían en frente. Se paran al lado del borde amarillo a esperar que se abra la puerta frente a ellas. Hay los que monologuean, los que hablan por celular, los que cantan canciones.</p>
<p>No pasó mucho, las puertas volvieron a aparecer para abrirse otra vez. Tomé aire subterráneo, traspasé las puertas. Había hormigas durmiendo, otras que escribían paradas, vestidas con traje, bien perfumadas o con estricto peinado de raya a un costado. Me agarré de los ataja patas colgantes, entramos a un túnel obscuro y nadie decía nada. Era normal para todos. No había alguien que tenga cara de sorprenderse, que le llame la atención cruzarse con otro tren de vagones con muchas más hormigas dentro. Nadie parecía disfrutar el espectáculo de pasear dentro de un hormiguero. Enseguida, el tren volvió a una frenada brusca para hacer cambio de insectos, los que pelean por salir, lo que pelean por entrar. </p>
<p>Frente a la puerta, estaba parada una que tenía el cabello largo de un lado y el lado derecho rapado y anteojos de Rambo, inmóvil ante la apertura y cierre de las puertas a presión a dos centímetros de sus espalda. Sus pantalones azules, zapatos de punta rojos y cinto con tachas en juego con su remera dibujada con el cráneo de hormiga. Si no se hubiese bajado en una de las aperturas, hubiese dicho que era uno de sus policías. </p>
<p>Parecían ubicarse estratégicamente dentro del vagón para denotar su actitud durante el viaje. Eran indicadores clave: qué tan lejos estaban de la puerta, si quedaban paradas o sentadas, qué movimiento daban a sus dedos. Moví mis dedos para aparentar algo normal. Pero no pasó nada. Seguí pasando desapercibido.</p>
<p>Hasta que entró al vagón la única que parecía no tener rasgos de insecto. Tenía un maletín grande y largo en la mano izquierda, en la otra una caja negra. Se sentó en el piso, con una de las puertas a sus espaldas, apoyó la caja y sacó un piano de su mano izquierda. Por primera vez una de las hormigas me miró, hasta me sonrió. Me permitió que lea sus ojos para preguntarme qué iba a tocar. &#8220;Tocate cualquiera&#8221; le respondí en silencio. Movió su cabellera larga de un lado y del otro, acompañando el ritmo de sus dedos. Tocó como si fuera la última vez que lo hacía. Aplaudí maravillado al fin de semejante espectáculo. Todo el vagón siguió mis palmadas. Durante diez segundos, todo ese pedazo de concreto que corre por debajo del asfalto, pareció latir. &#8220;Estas deben ser las hormiguitas alegres, las que dan alegría al resto, las que demuestran que por algo tienen corazón&#8221; anoté en mi cuaderno.</p>
<p>Decidí salirme del tren. No tuve tiempo de pensar hacia dónde ir. La masa me llevó hasta unas escaleras mecánicas. La luz artificial quedaba opacada ante la del sol, del día, del cielo claro. El fresco se hizo sentir en los brazos desnudos.</p>
<p>Me quedé con la boca abierta. No se qué esperaba. Era lógico. Dentro del hormiguero no podía haber otra cosa más que hormigón.</p>
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